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miércoles, 26 de noviembre de 2014

Taksim


La encontré en una librería de viejo, entre una novela de Sagan y otra de Asimov —buena compañía—. Su lomo estaba perfecto, nada de esas arrugas que se forman con el uso; así que el anterior propietario no debió estrenarla, o tal vez sólo leyese los primeros capítulos antes de olvidarse de ella, abrumado por un ritmo que, objetivamente hablando, es lento: mucha descripción, mucho detalle cotidiano, mucha atmósfera y poco diálogo. Desde luego, un ritmo así puede espantar a algunos lectores; pero no es un detalle reprochable, sino una opción a la hora de narrar; y una denodada, además, porque se aleja del camino más transitado, vendible. 

Ahora el lomo sí que tiene arrugas, porque a mí me pareció un buen libro, uno sincero donde se percibe la melancolía del autor, pues la obra muestra otro de esos futuros negativos que tanto se ven en la ciencia ficción actual. Con el panorama que estamos viviendo, a ver quién se pone a escribir sobre humanos felices que conquistan el espacio a golpe de imposiciones morales.

Taksim va sobre guerra, ejecuciones masivas, la futura hegemonía de las multinacionales, que logran, además de un poder absoluto, cambiar los nombres del mapa; en consecuencia, es posible vivir en una ciudad que se llame Coca-Cola, por ejemplo. Los robots forman parte del día a día y se les da un mal uso: padres que ignoran a sus hijos, dejándolos demasiado tiempo en compañía de sofisticados androides; jóvenes irresolutos que prefieren relacionarse con máquinas, ya que así no hay riesgo alguno; corporaciones con agentes robóticos para realizar misiones cuestionables... Y para poner la guinda al distópico pastel, la televisión sigue emitiendo esos programas infumables donde se expone a los famosos de turno; contertulios tirándose excrementos, haciendo aspavientos y gesticulando como si tuviesen problemas graves de salud. Taksim va, sobre todo, de los restos que deja un pasado ponzoñoso.

Las distopías, aunque se desarrollan en el futuro, suelen hablar del presente, especulan sobre posibles evoluciones que podría tomar la actualidad. Taksim coge nuestra época y potencia sus sombras, porque hay sombras, y no pocas. Si Jonathan Swift levantase la cabeza, le daría un ataque de risa tan intenso que volvería a espicharla.

El único aspecto de la obra que no me agradó del todo fue la prosa. Es adictiva, el autor maneja estupendamente los mecanismos que incitan a seguir leyendo; con todo, da la impresión de estar poco trabajada: abuso de los «pero» en un mismo párrafo, comas faltantes, redundancias, cacofonías. Aunque supongo que son detalles a los que Sardá, consciente de ellos, no les da importancia, he de mencionarlo. Habrá a quien le repelan esos descuidos, sean premeditados o no, y a quien le dé igual cómo esté escrito. Yo veo en Taksim más virtudes que máculas.

martes, 28 de octubre de 2014

Patriotas, la novela que logró trastornar a Watson

Menudo fantasma
Si nos tomamos este mazacote como una novela, fracasa; en cambio, como guía de supervivencia... también fracasa. Huid de ella todo lo que podáis, insensatos.

No, en serio, ¿tengo que reseñarla? ¿No basta con mi palabra? Pues vale, empecemos fuerte: esta «novela» es lo peor que he leído en mi vida, y dudo que encuentre algo parecido a menos que me ponga a rebuscar entre obras de autores sin ninguna experiencia. James Wesley fue incapaz, en mi opinión, de novelizar su guía para sobrevivir al desastre económico. Me resulta indiferente que el tipo sea conservador, meapilas y amante de las armas, porque eso no impide que sea un buen novelista. Además, parece que entiende del tema, ya que tiene un célebre blog que habla sobre cómo salir airoso en situaciones extremas. Y lo califico de célebre por sus más de sesenta millones de visitas. Se nota que a muchos estadounidenses les preocupa que todo se venga abajo de un momento a otro; la excusa perfecta para liarse a tiros con sus queridos rifles. 

El dinero ya no sirve; mejor hallar
comida o munición. Vuelve el trueque
Como decía, las ideas del autor no me importan; pero éstas sólo contribuyen a emperorar una obra que ya es mala de por sí, pues delatan sus paranoias. Los protagonistas son unos aficionados a la supervivencia que, mucho antes de que reine la anarquía, deciden prepararse para lo peor: se entrenan con armas, acopian provisiones, refuerzan la seguridad. Hacen lo de siempre, lo que es común en estas historias; sin embargo, devotos hasta la náusea, rezan cada vez que tienen la más mínima oportunidad, y la Biblia es importantísima, imprescindible; sin la Biblia no se puede sobrevivir. Reconocerás a los personajes virtuosos, tanto los de dentro como los de fuera del grupo, porque tienen fe en Dios*. ¿Y cómo describe James a los primeros saqueadores que aparecen? De esta manera: comunistas que van por ahí con el libro rojo de Mao en la mochila, y —presta atención— comen niños. Comunistas caníbales. Lamadrequeloparió. Mira que yo no simpatizo con esa ideología; mas esto es demasiado, se pasa un millón de pueblos, y países, y galaxias.

*Hay un agnóstico, pero es algo así como el Heimdall negro: está para darle a la obra un aire de corrección política; o sea, una cobardía.

No encontré buenas fotos del autor.
Debe de ser éste, creo
Aun con todo lo anterior, la trama podría ser atractiva e incentivar a los lectores; al fin y al cabo, los protagonistas tratan de resistir en medio del caos, darle una dosis de plomo a cualquier sospechoso que quiera arrebatarles el refugio. No voy a mentir: algunos momentos de tensión consiguen entretener hasta cierto punto, con todo, son oasis rodeados de datos innecesarios, descripciones apelotonadas y diálogos absurdos. Al autor no le importa lo artificial que quede su «novela», sacrifica fluidez a cambio de meter morralla inútil... a menos que seas un survivalista de Idaho.

Los que estén MUY interesados en estas historias, quizá puedan sacarle algo de provecho; los que no, mejor que no se acerquen ni con un palo. James tiene muchos conocimientos de supervivencia, sin embargo, no sabe nada de la condición humana. Debería ponerse a ver The Walking Dead; ahí se han atrevido a romper estereotipos, caricaturas, y mostrar las cosas como podrían ocurrir.

—En el correaje tengo seis cargadores de repuesto para el M1A: uno cargado con munición de competición, uno con munición de ciento cincuenta granos y punta blanda, y el resto con munición de punta redonda. Una multiherramientas Gerbe. Dos cantimploras. En la parte externa de la mochila llevo enganchado un kit de primeros auxilios para paracaidistas. Dentro, llevo el kit de limpieza y unas cuantas piezas de repuesto para el M1A. Un saco de dormir Wiggy. Un poncho. Varios pares de calzoncillos y calcetines. Un uniforme de combate adicional. Lo que queda de la tienda de campaña Tube Tent. Cinco raciones de combate. Cuatro latas de chile con carne. Una bolsa de tiras secas de venado. Algo de lechuga de minero... 

Y sigue durante un rato largo, pero ya me cansé.

Aconsejo, por razones obvias, buscar otras opiniones. Yo he sido incapaz de ser equilibrado. 

domingo, 12 de octubre de 2014

Cabal

Cubierta donde aparece Cara de 
Botón, el enemigo a batir
Le he visto los hilos a Cabal, inferí cómo iba a desarrollarse la trama sólo con la lectura de los primeros capítulos; por ende, considero que es un libro predecible. No sé cuánto podrán adivinar otros lectores..., seguro que lo suficiente para echar a perder algún golpe de efecto. La causa del problema es el uso de varios recursos manidos. Desconozco si eran tan manidos en el ochenta y ocho, año en que se publicó; pero hoy... hasta en Crepúsculo —¡ay!— aparecen algunas fórmulas narrativas que recuerdan a Cabal.

Para que os hagáis una idea, es como cuando se suaviza la muerte de un secundario, una muerte horrible, haciendo que sea repentinamente malvado: «Caray, qué ha hecho, qué bestia; ahora el héroe se lo va cargar con la motosierra, ya verás». Aunque eso no ocurre en Cabal, pues no quiero dar ni una pista que conduzca a spoilers, sirve de ejemplo. Resulta muy fácil saber quién se esconde tras Cara de Botón antes de que Barker lo diga. También el final es evidente desde casi el principio.

La película, aquí traducida como
Razas de noche, fue escrita y
dirigida por Barker
Y sabes qué: todo lo anterior da igual. Da igual porque la imaginación de Barker, su mundo, salva la novela. Esto no va de vampiros melifluos, sino de la escabrosa y maldita raza de la noche, una tribu de no muertos que se esconde de los vivos para evitar ser perseguida y aniquilada. Su temor a esa posible destrucción les ha llevado a tener sus propias leyes, estrictas reglas de supervivencia: «Lo que hay abajo, permanecerá abajo». Nada de dejarse ver por entrometidos que podrían descubrir su hogar, el cual está en los túneles subterráneos del enorme cementerio de Midian, una ciudad abandonada. No es una buena idea visitarles de noche, porque algunos se olvidan de las normas cuando tienen carne fresca enfrente.

Un joven que se llama Boone, sintiéndose contrito por sus supuestos crímenes —no los recuerda, pero alguien se encargó de enseñarle fotografías de cadáveres salvajemente mutilados—, acude a Midian con la esperanza de encontrar su lugar, un lugar junto a los monstruos. ¿Lo aceptarán?

Claro, claro, como es Barker, no
podía faltar una cuchilla
La escena donde Boone oye hablar de Midian es conmovedoramente barkeriana; ya sabes, desuellos y esas cosas tan suyas, su firma personal. Ésta también puede apreciarse en los siniestros cuadros que pinta; son excelentes regalos de cumpleaños...

Debido a eso, a su imaginario, Cabal es un buen libro. La predictibilidad es un mal menor cuando hay detrás un fascinante universo particular. No puedo decir lo mismo de la película, pues al pobre Barker le quitaron cincuenta minutos enteros de metraje. Y el resultado, sobre todo si se compara con la novela, es mejorable. Aun así, yo la prefiero a muchas películas de terror coetáneas donde priman los sustos fáciles: un ruido atronador acompañado de una imagen repentina. ¿Que al guión le falta chispa? Ponga ruidos atronadores acompañados de imágenes repentinas, así el público se lo hará encima mientras arroja sus palomitas y chilla como... como... Veamos, ¿cómo podría chillar? Lo tengo: como un osito amoroso en una trampa de Jigsaw.

Pongo esta imagen para plantear un interesante e importante
debate: ¿es Barker o J.J. Jameson?

jueves, 2 de octubre de 2014

Anatomía de un asesinato

Qué entrada. Parece la de un
hotel demoníaco, o algo así
Rober Traver es el seudónimo de John D. Voelker, un juez al que le dio por escribir novelas y libros de pesca; de ahí que el protagonista de Anatomía, Paul Biegler, también comparta esa afición. Resulta complicado que un autor no deje algo de sí mismo en los personajes más profundos que crea, aunque sea un rastro mínimo.

Como Traver era un miembro de la ley, optó por nadar en aguas conocidas y escribió la historia de un juicio. Conocer los entresijos de ese mundo supone una ventaja enorme, porque un autor profano debería documentarse durante mucho tiempo para no meter la pata. De todos modos, poseer tantos conocimientos sobre una materia puede convertirse en algo contraproducente si el autor abusa de ellos, entra en tecnicismos que espanten al lector común; y eso es una trampa que Traver supo esquivar a la perfección: Anatomía de un asesinato muestra una historia directa y sencilla, apta para cualquiera con ganas de leer sobre un proceso judicial.

La soberbia defensa de Paul altera a
su desafortunado rival
Vayamos a lo que más interesa: el argumento. Una novela judicial seria no se va a conformar con el robo de unas gallinas, sin más; tratará un asunto complejo que mueva a la reflexión. El título ya deja claro que apunta alto: asesinato. Pero no un asesinato cualquiera, fácil de juzgar, sino uno donde la línea entre el bien y el mal está difuminada. Sí, tenemos asesino y cadáver, la clásica pareja; cualquier persona inflexible estará de acuerdo en condenar al acusado, pues el acto se hizo ante un montón de testigos fiables. Ha matado, ha de recibir castigo. Mas ¿y el móvil? ¿Por qué un distinguido militar llenó de plomo al propietario de una taberna? La respuesta es terrible: porque ese tabernero violó a su esposa. Es fácil opinar desde la confortable distancia sin saber lo que se siente de primera mano. ¿Y si estuvieses en esa situación? ¿Qué habrías hecho? Dudo que todos sean capaces de esperar a que se hagan cargo los agentes del orden.

James Stewart interpreta al abogado
defensor en la versión cinematográfica
El juicio tarda un poco en aparecer, porque Paul hace una investigación previa en la escena del crimen; se trata de un preliminar necesario para sumergirse de lleno en los acontecimientos que más tarde narran los testigos. Tanto esa parte como la del juicio son ágiles e interesantes. Trevor hace, además, algo que me gusta: le da un rasgo característico a cada personaje para que sea fácil recordar su aspecto, como el bigote del teniente, o la calvicie del abogado rival. Eso hace que los secundarios no se conviertan, con el tiempo, en meros nombres.

Los más escrupulosos notarán algunas casualidades chocantes. Por mencionar una, en la página 28 de mi edición hay un personaje que dice «Desde luego, desde luego», palabras repetidas por otro en la 85. Resulta raro que dos personajes se expresen igual, aunque puede alegarse que uno le pegó a otro esas palabras... lo malo es que, prácticamente, ni se conocen. En fin, quitando esos detalles intrascendentes, es una gran novela para los que se sientan atraídos por el género.

He aquí la prueba irrefutable de que descendemos del mono

lunes, 1 de septiembre de 2014

Juego mortal

¿Qué motivó a traducir así el título?
Es tan genérico que podría valer
 para un film de Seagal o similares
El futuro distópico que presenta David Walton en Juego mortal, su primera novela, es uno de los posibles caminos que podría tomar la sociedad; basta con unir atavismos y avanzadas modificaciones corporales. Imagina un futuro donde, si tienes parné, puedes adquirir sensores médicos, visión nocturna, acceso instantáneo a la red y muchas cosas más. Suena bien, pero sólo unos pocos afortunados pueden permitirse esos lujos, una especie de aristocracia moderna que vive separada del vulgo. La dicotomía nunca fue más pronunciada: por un lado, tenemos hermosos y longevos superhumanos; por otro, trabajadores que no pueden permitirse ni una sola modificación. Ciencia al servicio de la riqueza. 

Como es lógico, ambos grupos se detestan. ¿Por qué no exterminamos a esas ratas que sólo hacen el vago? ¿Por qué mi madre se muere de cáncer cuando otros ni siquiera enferman? El enfrentamiento es inevitable.

Éste es el título original. Para mí,
más interesante que el anterior
En ese escenario infausto, que ya de por sí ofrece suficiente material para varias novelas, una mórbida experimentación transforma a un niño, su mente, en un poderoso virus capaz de acceder a datos de suma importancia; quien se haga con el control del virus, tendrá un aliado que le entregará las llaves del dominio.

El eje central de la novela no es sino la lucha entre la ambición, el rencor y un deseo de cambio; cada personaje está bajo uno de esos sentimientos, y el autor sabe jugar bien sus cartas para enmascarar a los protagonistas, conseguir que sus motivaciones no sean excesivamente nítidas desde el principio; aunque pueden intuirse. A veces, cuando las circunstancias son muy duras, es complicado escapar del determinismo: se actúa para sobrevivir o ayudar a otros, el embotamiento dificulta leer a Montaigne y darle vueltas al porqué de la existencia.  

Foto del autor. Y qué foto: no hay
    libros, no hay gato, no hay cigarro...
A dónde vamos a llegar
Juego mortal, además de tener una buena historia, cuenta con un armazón interesante: varios hilos argumentales que van intercambiándose entre sí cada pocas páginas. Pinta mal, sí, parece lioso, un lugar donde perderse; mas no lo es, porque la cantidad de información nunca se excede. Cada parte es sencilla, fácil de seguir y con bastante movimiento: párrafos cortos, diálogos fugaces, numerosos cambios de escena. Las elipsis temporales, teniendo en cuenta cómo está narrado, también son abundantes y podan lo que han de podar.

David Walton, definitivamente, ha entrado con buen pie en el género de la ciencia ficción. Su obra engaña durante los primeros capítulos, se asemeja a una soflama cargada de lugares comunes; luego, tras profundizar en ella, el lector descubre su auténtico mensaje.

lunes, 4 de agosto de 2014

La guerra del fin del mundo

La cubierta foránea se lleva el
primer premio. Qué buena
Leí esta novela a trompicones, y no porque sea mediocre, que no lo es, sino por la sensación que transmite de estar leyendo lo mismo varias veces. Si desnudamos la estructura, es decir, quitamos esas profusas subtramas que la engalanan, queda una situación sencilla y redundante: un pueblo de fanáticos religiosos llamado Canudos que, contra todo pronóstico, derrota a los republicanos una vez, y otra, y otra, y... Y así se logra un desagradable efecto déjà vu, agudizado por las repeticiones de algunas palabras, como «remecer»; gracias, Llosa, por tirarme ese verbo a la cara mil veces, al menos así no se me olvidará nunca.

Como si lo anterior no fuese suficiente, el estilo de esta obra faraónica es pesado, altamente descriptivo, lo cual hace más ardua la lectura. Incluso pueden encontrarse largas cadenas de sustantivos; me encantan esos recursos tan... necesarios. 

Un nuevo mesías se alza entre los
marginados
¿Por qué la he leído hasta el final, entonces? Por varios motivos: la prosa es magnífica, se puede aprender de ella; tiene una interesante dosis de violencia, fruto de enfrentar al fanatismo de la fe contra el fanatismo de la ideología; y deseaba saber cómo terminaba; deseaba saberlo aun teniendo la convicción de que iba a decepcionarme, porque al estar basada en un hecho real, hay límites que no deben ser cruzados. Y no me equivoqué: el último capítulo cumple, es adecuado; pero no me gustó. ¿He escrito «gustar»? Ése es el problema. Por muy maravilloso que sea un libro, no funcionará si el lector no es el adecuado. Sin embargo, aunque esta clase de literatura no me gusta tanto como otras, la novela me parece impresionante. Qué cantidad de personajes bien construidos. Qué imágenes más descarnadas. Qué desarrollo. Qué historia. El conflicto de Canudos pedía a gritos ser novelizado.

Ahí está otra vez, dispuesto a dirigir
su rebaño hacia el paraíso
El escenario que presenta es clásico e interesante: pobreza extrema que lleva a la resignación primero, y a las creencias religiosas después, porque los vivos que no poseen nada y siguen al neoprofeta esperan tener suerte al morir, que haya una justicia divina para todos. Menuda sorpresa se llevan los militares republicanos cuando, debido al desprecio, a subestimar lo que no se debe, son humillados por esas gentes temerosas de Dios.

¿Aguantará Canudos hasta el fin, como hacían aquellos célebres galos? Parece imposible resistir mucho tiempo el envite del ejército, mas la ineptitud de éste reaviva la esperanza de un pueblo que ha aprendido a compartir sus bienes. ¿Quiénes son los «malos» de esta obra? ¿Hay un bando compuesto por «malos»? Quizá sólo son humanos llevados por las circunstancias; humanos que serían diferentes en otro contexto, ya que, a pesar de las diferencias, existen similitudes primarias, naturales e innegables.

miércoles, 25 de junio de 2014

La cabaña del tío Tom

Alguien dispuesto a dar su vida por
la libertad
Cuando se publicó La cabaña del tío Tom, eran tiempos duros para los negros, tratados igual que si fuesen animales e incluso peor. Pocos amos blancos manumitían a su servidumbre esclava, porque les agradaba la idea de tenerlos junto a ellos hasta reventarlos con el duro trabajo que se hacía en las plantaciones, o atosigarlos con mandatos vejatorios; estaban en su derecho de prodigar tales tratos, pues habían adquirido legalmente a esas «criaturas inferiores», les pertenecían tanto como un caballo; matarlos de hambre no se castigaba, y si alguno se iba en busca de una vida mejor, lanzaban a los perros tras él. Supongo que la visión de esos cuerpos exánimes y mordisqueados debía de ser un medio eficiente para minimizar fugas.

La situación denigraba no sólo a los negros, sino a la humanidad al completo. Y la inamovible contumacia de muchos déspotas desesperaba a los abolicionistas.

Atención a la sonrisa del blanco. ¿No
le azotaríais a él?
Pero hubo una mujer, una heroína admirable, que tomó cartas en el asunto de la mejor manera que supo: escribiendo un libro con la intención de remover tripas, incendiar corazones, mostrarle al público el padecimiento de esa raza injustamente tratada. El éxito del libro fue arrollador, y más tarde Lincoln mencionó a Harriet como «la pequeña dama que hizo esta gran guerra».

No es un libro perfecto, ya que una de las dos líneas argumentales se merienda a la otra durante demasiadas páginas, y la excesiva devoción de la autora se deja notar en exceso; pero la trama es tan dolorosamente real, tan efectiva a la hora de generar sentimientos... Aún hoy recuerdo la enorme crispación que me dieron los primeros capítulos, donde un abyecto comerciante de esclavos compra a Tom, el protagonista. Tom es un hombre bondadoso, noble, y acepta su destino porque su amo está endeudado: si no lo vendiese a él, tendría que deshacerse de otros, y a ningún siervo le apetece alejarse de un dueño que no maltrata; el cambio suele ir a peor.

Tom no está solo: los niños son
grandes filósofos y saben ver lo que
para muchos adultos es invisible
Los arquetipos están correctamente tratados en esta obra: Harriet no juega sucio, no usa estereotipos extremos para incrementar la irritación de los abolicionistas. Sus personajes poseen contradicciones y comportamientos variados. No todos los amos son demonios; no todos los esclavos son ángeles.

Es cierto que a veces aparecen personajes detestables en sumo grado, repugnantes; pero funcionan y no dejan de ser creíbles. Pongo de ejemplo a Marie, la clásica señorona carente de empatía; sus interminables melindres e hipocondrías hacen que sea un recuerdo odioso para la mayoría de los lectores. No, no es una lectura divertida, La cabaña, y espero que sus páginas permanezcan para siempre en la memoria, recordándole a la humanidad lo que fue y no debe volver a ser. Además, la esclavitud aún queda cerca, y los negros supervivientes tuvieron que superar el obstáculo de la segregación racial.

Sería interesante una ucronía que le diese la vuelta a la tortilla, porque son azarosos los caminos de las civilizaciones.  

miércoles, 11 de junio de 2014

Teléfonos nocturnos

Voy a poner cubiertas foráneas; la
española me parece vulgar
John Lutz es un autor tardío porque no empezó hasta los treinta y seis años. Antes de darle a la tecla, se dedicó a otros menesteres: obrero de la construcción, acomodador de teatro, mozo de almacén, camionero... Luego se puso a escribir, y menos mal, ya que su detective, Nudger, ha sido un éxito entre los aficionados a la novela de misterio. 

A Teléfonos nocturnos se le puede achacar falta de originalidad, propensión a no salirse de las pautas marcadas anteriormente; empero, eso se olvida rápido cuando la trama es capaz de atraparte desde la primera página. Lutz —lo dijo él mismo— se preocupa por el lector, desea que éste no se aburra en ningún instante, y lo consigue. Cada escena es una invitación a seguir leyendo, un paso más hacia la captura del asesino, el cual se sirve de unas líneas telefónicas nocturnas para contactar con sus víctimas.
Ésta es mágica: si cierras los ojos,
seguirás viéndola

Dichas líneas podrían compararse a un chat de internet: la gente las usa para conocerse, charlar y, si la suerte les acompaña, tener una cita en la vida real. El riesgo es evidente: cualquiera puede estar al otro lado del teléfono..., incluso un monstruo con afanes homicidas. Lo último se corrobora cuando empiezan a aparecer mujeres muertas; mujeres que usaban las líneas.

Nudger, un detective agobiado por las deudas, un perdedor nato que sobrevive agarrándose a lo que surja, es contratado para destapar al asesino. Su primer movimiento consiste en hacer unas cuantas llamadas nocturnas, es decir, adentrarse en ese mundo de personas solitarias que buscan compañía. Obviamente, los diálogos telefónicos son una parte importante en la novela, y Lutz se luce con ellos, les saca el máximo partido. Otro punto destacable es la tensión, que crece y crece hasta explotar.

Lutz. Su abigarrada colección indica que
es un lector empedernido; esos libros no
son ornamentales
Sólo hay dos cosas que no me convencieron demasiado: unas pocas descripciones que están alargadas innecesariamente, y un deus ex machina en el final. Sin duda, es peor lo último, porque el final es tan notable que se merecía algo mejor. Por suerte, ese recurso mediocre no consigue ensuciar del todo la parte buena, llena de giros casi impredecibles; seguro que alguno de ellos resulta inesperado para el lector.

Como soy muy aficionado a este género —es el que más he leído—, me cuesta encontrar nuevas historias capaces de sorprenderme; Teléfonos nocturnos no lo ha hecho, aunque quizá se deba a los recuerdos que conservo de lecturas anteriores. Aun así, es un gran libro. Lutz conoce las herramientas necesarias para que sus páginas atrapen, y su detective malaventurado tiene el carisma suficiente, es fácil empatizar con él.

lunes, 2 de junio de 2014

Demian

Un nuevo-viejo dios amparando
a sus hijos
La primera palabra que se me viene a la mente al pensar en Demian es «dualidad». El personaje central, Emil Sinclair, se aferra con todas sus fuerzas a un mundo luminoso formado por el hogar, la familia; un mundo límpido que convive junto a otro, tenebroso e inicuo. Sin embargo, la intensa luz se torna mortecina cuando debe pasarse al lado contrario, algo inevitable. Es imprescindible aceptar las tinieblas para encontrarse a uno mismo, y no sólo ésas del exterior, sino también las que moran en el individuo. A Sinclair no le queda más remedio que destruir su entorno idílico para nacer, abandonar una negación impuesta por un código equivocado. El viaje, aun con el apoyo de su enigmático amigo, Max Demian, resulta penoso: las tentaciones que ofrece una vida licenciosa son difíciles de resistir. Lo cómodo reside en el gregarismo, la sumisión, el rebaño, seguir al que sigue aquello que estaba ahí antes del nacimiento, no hacer preguntas, permitir, en suma, que un amo invisible domeñe mediante el miedo.

Hermann Hesse librándose de una
posesión demoníaca
La segunda palabra que visualizo es «heterodoxia». Hesse no debió de divertirse mucho mientras asistía a su férrea educación religiosa, por lo tanto, en Demian enseña una creencia diferente donde se corta el vínculo con lo establecido para crecer: «El pájaro rompe el cascarón. El cascarón es el mundo. El que quiere nacer tiene que romper un mundo. El pájaro vuela hacia dios, el dios se llama Abraxas». Este dios gnóstico posee una interesante característica que lo aproxima a la humanidad: es ambiguo, representa al bien y al mal. ¿Alguien te atemoriza?, ¿te subyuga?, ¿se alimenta de tu bondad? Puedes librarte de él en vez de poner la otra mejilla; Abraxas no es un represor de los instintos. Derrotar al mal con el mal no degrada, pues se trata de una respuesta contundente a la agresión producida por un ser mezquino. Hesse no se queda ahí: también arremete contra la visión negativa de la sexualidad, el sentimiento de sordidez que algunos poseen hacia ella.

El mensaje de Hermann Hesse para
sus detractores
Y la última palabra es «perenne». Esta obra continuará siendo leída en el futuro, porque su atrevimiento va acompañado de una buena historia que, al menos en mi caso, resiste a las relecturas de una forma envidiable. Max Demian es un personaje tan fascinador que daña simplemente con su ausencia; cuando se aleja de Sinclair, no es éste el único que lo echa de menos. Si alguien me preguntase qué tara encontré en la novela, diría —por decir algo— que su brevedad: no me hubiese importado leer unas cuantas páginas más. Ahora bien, Demian va camino de cumplir los cien años; así que la añosa pluma de Hesse será un obstáculo para un determinado tipo de lector, ése que huye de vocabularios ricos y párrafos prolongados. Yo le aconsejaría que hiciese una excepción con Demian, ya que enseña a tener diferentes enfoques, a no dejar que sean otros los que piensen por ti.

lunes, 19 de mayo de 2014

El corsario negro

¡Adelante, hombres del mar!
Hoy la calle Baker se llena de ron y filibusteros, cañones y asaltos sanguinarios; ¡Sherlock está que trina!, ¡ha tenido que recibir a varios marinos en su casa! 

Como parece que a Salgari se le está leyendo cada vez menos, voy a dejar aquí una ínfima aportación para que no caiga en el olvido, porque eso sería una tragedia: las nuevas generaciones merecen recorrer estas aventuras. Ya en mi época, sustituido por otros escritores, no se le conocía demasiado. De hecho, debo admitir que yo prefería historias diferentes; la caza del crimen me gustaba más que los viajes repletos de trifulcas enconadas. Lo único que leí de este autor es El corsario negro, estupendo libro que me habría gustado tener en la juventud. ¿Quién sabe?, si hubiera preferido a Salgari en vez de a Doyle, quizá ahora el blog sería muy distinto... Habrá que viajar al pasado y descubrirlo. Que nadie se alarme si esto se transforma en una jungla o un mar embravecido. 

El corsario negro dirigiendo su nave, El
Rayo, a través de la tormenta
El corsario negro es la primera novela del ciclo Piratas de las Antillas, compuesto por cinco volúmenes. En ellos se narran las aventuras de un caballero que busca vengar la muerte de su familia; para realizar esa empresa cuenta con un barco veloz, una fiel tripulación y varios amigos audaces, también piratas. Se llama Emilio, como su creador, y tiene un atuendo fúnebre que atemoriza a los enemigos. A lo largo de la novela, se las verá con tenaces españoles, feroces indios, animales salvajes...; pero él, impelido por la venganza, no se detendrá ante nada: sus hermanos muertos han de ser resarcidos.

Salgari es un escritor valiente, igual que sus personajes —leed la aciaga biografía—, y transmite ese valor a las obras que crea. No necesito ahondar más en su trabajo para saberlo. Hablamos de alguien que no temía batirse en duelo, o hacerse el seppuku.

¡Comed metralla, españoles!
Tras la lectura de esta obra, mi interés por Salgari ha crecido desmesuradamente, y pienso hacerme con toda la colección. Tiene un estilo algo descuidado, fruto de no repasar lo necesario; mas eso se subsana con la visceralidad, el intenso romanticismo que desprenden sus letras.

Malditos sean Salgari y el corsario negro: me han hecho soñar con una época apasionante que, me atrevería a decir, es más divertida que la plúmbea actualidad, donde todo lo que ocurre ha ocurrido ya en otros tiempos, aunque cambie el decorado. Debe ser magnífica la experiencia de encontrarse fuera del escenario, navegar bajo una bandera de libertad sin temer a la muerte. Pienso en capitanes como Nemo y Harlock, que juegan siguiendo sus propias reglas, son dueños de sí mismos y no se inclinan ante nadie. He de repetirlo: malditos sean Salgari y el corsario negro.

jueves, 8 de mayo de 2014

El temor de un hombre sabio

Esta imagen me recuerda a algo...
Después de revolucionar al fandom del fantástico con El nombre del viento, Rothfuss provocó una enorme expectación: los que supieron apreciar las virtudes de su obra querían más, deseaban saber cómo va a arreglárselas nuestro amigo Kvothe para combatir a los temidos Chandrian. Éstos son unos oponentes formidables, y derrotarlos no está al alcance de cualquiera; a Kvothe aún le quedaba muchísimo recorrido.

Sí, era un personaje con una inteligencia excepcional, y la universidad le proveyó de conocimientos útiles; mas eso no bastaba, porque a los Chandrian no los destruiría un joven con unas pocas nociones de magia. Necesitaba otro tipo de artes y avanzar en la nominación, aprender a pedirle ayuda al viento cuando lo necesitase. Imagino que fue fácil, publicada esa pose marcial, vaticinar por dónde irían los tiros.

¡Ah!, a esto me recordaba
Dejémoslo en que el Kvothe de esta novela va a ser muy combativo. No añadiré nada porque hacerlo es moverse por terreno minado: podría desvelar, sin pretenderlo, algo que el lector debe descubrir en el libro, no aquí. Ésa es la razón de que no escribiese una pequeña sinopsis de la trama durante la reseña anterior. Tampoco lo haré ahora.

Lo que sí puedo decir es que El temor de un hombre sabio tarda en arrancar, porque su comienzo entronca, evidentemente, con la fase más bonancible de la primera novela, la que tanto disgustó a los ávidos de acción, vísceras y explosiones varias —¿llegarían a, ejem, esa parte que se desarrolla en Trebon?—. A pesar de que el inicio es lento porque Rothfuss dilata bastante las escenas, sirve como recordatorio de situaciones y personajes. Además, la prosa es liviana casi todo el tiempo; así que se lee con rapidez. El tamaño del libro amedrenta, pero su cuantioso número de páginas no impide que la mayoría lo acabe en sólo una o dos semanas.

Graciosa ilustración de los
Chandrian
Tampoco hay que preocuparse por aquello del «protagonista demasiado perfecto que cae mal», pues Rothfuss soluciona ese problema dándole algunas limitaciones, y ahora Kvothe no debería ser tan irritante. ¿Cuándo haría los ajustes? ¿Antes o después de leer los comentarios del primer volumen? A mí el protagonista siempre me gustó; pero alguien cercano a él, Denna, me da la sensación de que es un personaje comodín: «Vaya, no sé cómo seguir... ¡Ya está! ¡Haré que Denna aparezca por casualidad!». Habrá que esperar a la tercera entrega para saber si realmente le da ese uso, o existe algún secreto detrás de esos afortunados encuentros...

La crónica va por buen camino, aunque aún es demasiado pronto para afirmar que se convertirá en un clásico: tendrá, entre otras cosas, que satisfacer al público con un final impresionante, y aun así... habrá que dejarle la decisión final a Chronos, el crítico más importante de la literatura.

Por cierto, suele darse por hecho que va a ser una trilogía. Yo apuesto a que se quedará, como poco, en tetralogía.

lunes, 28 de abril de 2014

El nombre del viento

El diseño de la cubierta es mejorable,
pero logra intrigar 
«Sin duda El nombre del viento se convertirá en un clásico»; «[...] El absorbente y vivo debut de Rothfuss nos ha deslumbrado»; «[...] Colóquelo en la estantería al lado de El señor de los anillos»; «El universo de la literatura tiene una nueva estrella». Cuando vi la publicidad de esta novela, recelé porque me pareció más de lo mismo: otro superventas prefabricado, fúlgidos ditirambos que ensalzan un sucedáneo tolkeniano. Pasaron unos cuantos meses antes de que me decidiese a comprarla, y sólo lo hice por una razón: empecé a leer reseñas positivas de gente fiable, un montón de textos con frases como las de arriba; algunos afirmaban que Rothfuss les había recordado por qué leían. O la promoción fue tan bestial que hasta los reseñadores recibieron sobornos —¡la caja!, ¡la caja!—, o El nombre del viento ofrecía algo más de lo que yo, equivocadamente, pensaba. Tardé poco en aplacar la curiosidad, ya que el libro causa una fuerte adicción... durante un tiempo, al menos.

La edición finlandesa, mi favorita. Sus
tonos cálidos le dan un aire misterioso
que se ajusta bien a la obra
Aunque Rothfuss es un maestro de la narrativa, toma la discutible decisión de arriesgarse y no conservar lo que atrapa al lector durante, más o menos, la primera mitad del libro. Ése es el motivo, sospecho, de que algunos lo hayan dejado. No empeora, pero se pierde la meteórica e ingeniosa evolución de Kvothe; precariedad sustituida por estabilidad. Una estabilidad, eso sí, salpicada de sorpresas. Lo importante es el cambio abrupto que se percibe y las consecuentes reacciones, no todas positivas. Personalmente, me parece adecuado que la trama no se conforme con un único incentivo y se atreva a dar un pequeño giro.

Hay otro posible escollo —depende de cada uno que sea realmente un escollo— que puede entorpecer la lectura: el protagonista. Kvothe tiene un intelecto superior, domina el laúd y es íntegro salvo cuando las circunstancias se lo impiden; suele haber motivos de peso detrás de sus embustes. Esas características se acercan a la versión masculina de una Mary Sue, por lo tanto, es comprensible que le haya caído mal a algunos.

La francesa tiene una calidad
asombrosa
¿Entonces dónde brilla El nombre del viento? ¿Por qué ha levantado tantos elogios? Para empezar, transmite una sensación de frescura que el género necesitaba con urgencia. Es cierto que Rothfuss no aporta nada relevante a lo que ya se ha contado cientos de veces; pero añade elementos, como esa manera de emplear la magia, novedosos, la estética de los monstruos suscita interés y el trasfondo de su mundo se presenta mediante fascinantes relatos. Su éxito también radica en que no es necesario tener conocimientos previos del fantástico: la lectura se vuelve accesible para cualquiera que no le dé importancia a las «trabas» mencionadas.

La primera parte de esta crónica apunta maneras, no en vano se tardó tanto en pulir; sin embargo, eso de «convertirse en un clásico» dependerá de cómo sean los libros siguientes. ¿Estará El temor de un hombre sabio al mismo nivel? Pronto será reseñado en este blog; no cambie de canal o Krueger le visitará de noche.

lunes, 14 de abril de 2014

Carretera maldita

A mí de mi casa no me saca ni
Dios
Mientras alababa Un día de furia en la entrada anterior, recordé una novela de Bachman —¿es necesario decir quién se esconde tras ese seudónimo?— que comparte algo con el filme: ambas historias destilan rabia visceral, tejen una trama donde un hombre decide saltarse su cotidianidad para hacerle frente al sistema, esa bestia ciega e imparable. La similitud se termina ahí, porque Foster es muy diferente a Dawes: el primero es un lunático; el segundo, alguien dominado por la nostalgia. Incapaz de abandonar su vida, sus recuerdos, Dawes se opone a la construcción de una nueva carretera, porque ello supondría demoler su querido hogar, sustituirlo por una amplia línea de asfalto. No le interesa la oferta sustanciosa que le hace el gobierno, prefiere comprar armas y plantar cara. ¿Conseguirá defender lo suyo con el intimidante cañón de una Magnum 44? Si eso no basta, también posee explosivos y un potente rifle que podría esparcir los restos de un animal en siete metros a la redonda. ¡Venid, valientes, que os estoy esperando!

¿Carretera maldita? ¡Maldita carretera!
A Dawes, que empezó siendo alguien muy equilibrado, le afectó sobremanera la muerte de su hijo por tumor cerebral. Sólo fue capaz de superarlo aferrándose a aquello que le daba seguridad: trabajo, coche, casa. Una sólida rutina que conforma el porqué de su existencia. No son unas simples paredes lo que pretenden destruir.

Su lucha será en vano porque todo volverá a ser igual, como bien le advierte uno de los personajes. Aun así, Dawes es duro, un samurái que lucha contra lo establecido. Como sabe lo que le espera, se conforma con clavarle una astilla al león, el cual se sorprende al notar la presencia de un discrepante y hace lo posible para que el asunto no salga a la luz; trae mala publicidad eso de ver a unos gorilas sacando a alguien de su vivienda, escena horrible que, según una de las hienas que envía el gobierno, jamás debería producirse con cámaras delante, no vaya a ser que luego aparezcan más discrepantes.

Aún conservo los libros de King
que fueron editados así. Tienen más
encanto que la fría edición actual
Tal vez parezca raro, pero de King siempre he preferido algunas de las obras que firmó con seudónimo, me identifico más con ellas. Contienen tanta cólera que hasta podrían explotar como una granada. Rabia, La larga marcha, El fugitivo y Carretera maldita son, creo, las más sinceras, poseen un toque especial que las diferencia de su conspicua fórmula exitosa. Puedo imaginar a un joven King escribiéndolas a toda mecha y sonriendo al plasmar ciertos instantes.

Carretera maldita es, al igual que sus hermanas, una novela atrevida, mordaz; irradia llamas de furia con cada crítica ácida. No emplea un tono grandilocuente, pero sí muchos recursos válidos que enriquecen la lectura. Incluso hay un fragmento en el que King, buscando una confusa y atropellada reflexión, elude el uso de signos ortográficos. Aunque es un truco viejo, cumple perfectamente con su cometido. No es poca la maña del autor. Si tuviese que darle una nota al libro —algo que no acostumbro a hacer—, sería un nueve. ¡Horror! Watson le ha dado un nueve a Stephen King; Faulkner y Joyce se remueven en sus tumbas.

lunes, 31 de marzo de 2014

El colapsio

Excelente cubierta de Jim Burns,
ilustrador habitual del género

Con los tres relatos largos que dan forma a El colapsio, McCarthy ofrece una clase sobre cómo aunar hard y space opera sin descalabrarse en el intento. Las partes técnicas son complejas, pero sus ásperas lecturas se rodean con pompa, fantasía y alborozo. Además, no faltan las consabidas críticas a la humanidad. Cualquiera, aun el más receloso del hard, puede acercarse sin temor a esta novela y sacarle provecho al universo planteado.

La base es simple: dos eminentes científicos emprenden una lucha por inmortalizar su nombre. El más destacado, Bruno de Towaji, inventa el colapsio, un «material cristalino romboédrico compuesto por agujeros negros de masa neubla» —¿está claro? Y a callar—; su rival, Marlon Sykes, se aprovecha de esa invención para hacer realidad su proyecto más ambicioso: construir un anillo de colapsio alrededor del sol. Ese anillo sería magnífico si no fuese porque está deslizándose hacia el sol... amenazando con destruir el sistema.

La reina, Tamra, custodiada por dos
robots guardianes
Bruno vive enclaustrado en un pequeño planeta donde trabaja sin descanso mientras le cuida su séquito de diligentes, sumisos y abnegados robots. Como los humanos le han dado esquinazo a la muerte, dispone de todo el tiempo que quiera; o eso pensaba hasta que la mismísima reina le hace una visita para informarle de la inminente desgracia, y a Bruno no le quedará más remedio que dejar su retiro para echarle una mano a ese tal Marlon: ¿a quién le interesa la destrucción total? A pesar de la ayuda inestimable, Marlon siente una aversión ostensible hacia el único hombre que puede superarle en su campo. El lío está servido.

Quizá resulte chocante que los humanos, después de lo que han pasado, volviesen a la monarquía; mas el motivo es poderoso: tener un rostro al que admirar y vituperar, un ídolo que también sirve de chivo expiatorio. No conforme con eso, McCarthy le da una fuerte presencia a la religión, detalle que conduce al clásico e interesante debate.

Deduce tú mismo lo que pienso de
la imagen
El colapsio es una obra que invita a la reflexión, juega con hipótesis factibles desde un sincero prisma pragmático. Su distante futuro muestra las mismas contradicciones que posee el humano de hoy, no enaltece a éste en ningún sentido. El intelecto superior del archimaestro Marlon no le priva de tener pretenciosidad o, peor aún, falta de empatía; lo primero le lleva a competir, lo segundo, a arriesgar otras vidas. ¿Quién de los dos prevalecerá? ¿El hosco pero honorable Bruno o el rencoroso Marlon? 

Salvo en las partes técnicas, el tono predominante es desenfadado, campechano; el autor sólo ambiciona divertir y generar cavilaciones. Objetivos muy nobles que se perciben en cada capítulo. La novela es, por lo tanto, adecuada para conocer la parte más dura de la ciencia ficción. Podría verse como una alegoría: dos hechiceros enfrentándose para obtener el dominio del reino y la sumisión del odiado rival. 

lunes, 24 de marzo de 2014

La piel del tambor

Aunque esta cubierta es aceptable,
no encaja del todo con la novela: le
da un carácter que no tiene
Vaya por delante que el Reverte articulista me gusta, y mucho; se ganó mi respeto con La risa de las ratas. Pero el Reverte novelista —Alatristes aparte— no ha llegado, de momento, a despertarme tanta simpatía. Explicaré los porqués más adelante.

El anzuelo principal de La piel del tambor es descubrir quién es Vísperas, apodo que se le da al pirata informático que logró infiltrarse en el vaticano y dejarle un mensaje al papa: «[...] Hay un lugar en España, en Sevilla, donde los mercaderes amenazan la casa de Dios, y donde una pequeña iglesia del siglo XVII, desamparada por el poder eclesiástico tanto como por el seglar, mata para defenderse [...]». Lorenzo Quart, cura enviado por Roma, debe encargarse de resolver el misterio, indagar por todos los rincones como haría cualquier detective del género policíaco. Si te atrae dicho género, es posible que esta novela no te desagrade.

¡Hala!, ¿quién es el gamberro que
hizo eso con un rotulador azul?
La trama no se queda ahí, por supuesto. A la investigación se le añade un buen número de complicaciones: dos hombres tuvieron accidentes mortales en la iglesia que «mata para defenderse», la misma que un banquero quiere eliminar para apropiarse del terreno; tres esbirros pintorescos e incapaces, contratados por el también incapaz subordinado del banquero, reciben el encargo de obstaculizar a la iglesia; y el páter investigador se encuentra con una hermosa y tentadora mujer.

Quart se enfrenta a los inconvenientes con disciplina y tesón, porque en su interior hay un soldado, un templario dispuesto a sacrificarse por un bien mayor. Su meta es informar de lo que sucede sin implicarse, y si ruedan cabezas, que rueden; él sirve a su institución, y el banquero no es el único interesado en quitar de en medio esa iglesia, donde un obstinado y atávico párroco lucha para impedir su derrumbe, oficiando misas sin inmutarse ante los tiburones que lo persiguen. 

¿Se ha traducido? Supongo que debió
ser un desastre para los antirevertes.
Qué dura es la vida del antireverte
La novela cumple desde un punto de vista comercial, porque está escrita con profesionalidad y le da al consumidor lo que pide. Reverte escogió un tema que le atraía para transformarlo en una historia muy vendible, lo cual me parece lícito, tanto como escribir para un público minoritario; cada uno sabrá dónde quiere meterse.

Los personajes están sumamente trabajados: Reverte deja poco a la imaginación, describe con minuciosidad sus experiencias pasadas, actitudes, aptitudes y hábitos. Esto ayuda a conocer los orígenes de cada sujeto, a comprender mejor los motivos que lo impulsan; mas lentifica al desarrollo. Aunque, por mi parte, prefiero más ligereza, no lo digo en sentido peyorativo, sino informativo. No me parece que esas descripciones empeoren el conjunto. Otra cosa son los diálogos, en ocasiones impostados, o el demasiado predecible final. De todas maneras, La piel del tambor es una novela que se deja leer y entretiene lo suyo.

lunes, 3 de marzo de 2014

El color de la magia

La cubierta muestra una escena del
libro, y no lo hace mal: Pratchett es
capaz de provocar ese caos; un caos
en el buen sentido, es decir, hilarante
He aquí otro ejemplo de que los Best Seller no tienen por qué ser malos. Que algo se venda mucho sólo significa eso: que se vende mucho. Las novelas de Pratchett tienen un éxito fuera de lo común y son magníficas en su línea, la del humor. Ofrecen, a través de un rimbombante mundo fantástico, escenarios cargados de simpatía y acción. ¿La meta? Divertir al afortunado lector. 

No es imprescindible empezar por El color de la magia —mi primera novela de Pratchett fue Rechicero, si no recuerdo mal; pero sí conveniente. En ella se presentan los detalles de ese curioso planeta-tortuga, y lo hace de una forma muy habilidosa: a través de un turista. Éste llega con el kit completo: equipaje, máquina fotográfica y, por si su llamativo aspecto no fuese suficiente, una cantidad asombrosa de oro. El destino que va a tener en la zona pobre de Ankh-Morpork, ciudad llena de ladrones y asesinos, parece predecible; menos mal que Rincewind recibe el encargo de defenderlo. Aunque... un momento...

¿Qué pensarían los primeros lectores de
Pratchett al leer cómo es Mundodisco?
Ese protector, Rincewind, es un mago que fue expulsado de la universidad por hacer lo que no debía, y sólo se sabe un hechizo; así que tenemos a un turista inconsciente del peligro que le rodea —enorme peligro— junto a un mago medio inútil y que sí es, por desgracia para él, consciente de todo lo que se le viene encima. La fórmula, mezclada con el imaginario de Pratchett, da como resultado una gran cantidad de situaciones graciosas.

Me gusta pensar que el turista somos nosotros, los lectores, y que Rincewind hace las veces de guía, enseñándonos algunos lugares de su universo, el mismo que visitaremos en las próximas novelas. Cuando se termina El color de la magia, el lector deja de ser un turista despistado: se convierte en compañero de aventuras, porque en Mundodisco también hay épicas empresas heroicas. No se me ocurre un mejor exordio para esta colección.

Esta novela suele venderse a un
precio reducido, así es más fácil
crear nuevos aficionados

En lo concerniente a la parte técnica, Pratchett es un autor coetáneo y denodado: descripciones someras, velocidad, movimiento. Las figuras retóricas buscan potenciar el humor, no enriquecer una prosa que no lo necesita, pues su parquedad le da a la imaginación una larga autopista de despegue. Parece increíble que el autor, escribiendo así, sea capaz de evocar imágenes tan complejas como la que aparece en la primera cubierta, o en la segunda; pero lo hace eficazmente. Me han asombrado las ilustraciones que encontré de sus novelas, porque lo que yo imaginé se acerca bastante.

Las historias de Mundodisco divierten más si se conoce el género fantástico, parodiado por ellas. Podrían ser una excusa muy válida para adentrarse en él, descubrir sus lugares comunes y reconocerlos cuando se les dé una perspectiva desenfadada, sin gazmoñerías. Rincewind no es el clásico héroe —¿es un héroe?— que salva vidas desinteresadamente. ¿Qué habría dicho alguien como Tolkien de estas novelas?

lunes, 10 de febrero de 2014

Tiempo de mutantes

Cubierta engendrada durante los
primeros años noventa. Qué
estilo, no le quedaría mal a una
novela de Stephen King
Silverberg, autor conocido por estos lares, escribió un relato breve titulado The Mutant Season; en él construyó, a grandes rasgos, una sociedad que debía convivir con mutantes, humanos de ojos áureos que se refugiaban en pequeñas comunidades aisladas. Siguiendo el consejo de un amigo, Silverberg, ayudado por su esposa —o al revés, quién sabe—, hizo que aquella idea embrionaria cruzase la frontera del relato: lo convirtió en varias novelas. Aunque esa acción puede acarrear un problema grave si se cae en la trampa de usar partes superfluas para rellenar huecos, la pareja logró eludirla y el resultado final es bastante aceptable. Nótese que he usado las palabras «bastante aceptable», porque, aun sin fragmentos hueros, hay un leve abuso del mismo recurso: el sexo entre humanos y mutantes. 

Lo cierto es que esta obra me ha provocado sensaciones encontradas: por cada virtud que encontraba, y no son pocas, un defecto se dejaba ver, escondido tras ella. Imaginad una suntuosa fuente de ambrosía en la que se baña un diablillo oscuro, corrompiendo el preciado manjar con su cuerpecito.

Una senadora mutante, el camino
de un pueblo oprimido a la
ansiada equidad
Tiempo de mutantes engancha, pero le cuesta despegar; posee originalidad, pero también clichés; algunos personajes están bien trabajados, pero otros, no; el ritmo es ideal, pero a veces cojea; los giros argumentales llegan en el momento preciso, pero pocos sorprenden. Como veis, hay demasiados «peros» que echan tierra sobre el título. Y las escenas de sexo, que no están nada mal, pierden fuerza porque se recurre mucho a ellas. Así que, considerando lo expuesto, la conclusión es que el vaso está a la mitad; verlo de una manera u otra dependerá de cada lector. Hasta la traducción tiene aciertos loables y errores incomprensibles, básicos, que podrían haberse corregido fácilmente.

En contra de lo que pueda parecer, no es complicado sacar el máximo provecho de esta novela: sólo hace falta una pequeña dosis de indulgencia. Perdonar sus fallos supone adentrarse en un argumento clásico que pocas veces decepciona, admirar a esos mutantes pugnando por sus derechos en medio de una sociedad que no les comprende, pues sus costumbres y poderes mentales amedrentan al «normal».

La secuela. No estoy seguro de que
haya sido traducida al castellano.
El nombre de Karen Haber desplaza
al de su marido: supongo que el
peso de las novelas recayó sobre
ella
Lo más interesante de la obra, pienso, es que el racismo va en ambas direcciones, porque los mutantes también sienten rechazo hacia el diferente. Sus comunidades endogámicas no ven con buenos ojos la unión de parejas mixtas, y condenan al protagonista, un mutante que se enamora de una «normal». Muy shakespeariano.

Un trozo del final, el que apunta a la pareja mixta, es brillante, difícil de prever. Satisface aun sin tener las continuaciones a mano. Habrá que olvidarse de éstas, pues editarlas significa asumir el riesgo de tener unas ventas exiguas. ¿Una obra mediocre que encima es de ciencia ficción? El panorama es desalentador. Si al menos versase sobre sectas masónicas y nazis... otro mutante cantaría. Una lástima que la obra se quede así, medio desnuda. Sería interesante averiguar si las novelas siguieron manteniendo el nivel de la primera —bajo pero suficiente—, o degeneraron en un monstruo que espantó a Silverberg, motivo que le llevaría a esconder su nombre. A ver si puedo conseguirlas en inglés y reseñarlas por aquí.