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lunes, 20 de octubre de 2014

Una jaula espuria


Empecé a leer filosofía para hallar respuestas, lo cual es un noble objetivo. Era joven y, además de tener fe en utopías, deseaba comprender mi entorno, ese teatro del que hablaba Shakespeare. ¿Por qué hay hambre? ¿Por qué tengo que escoger una ideología? ¿Por qué he de seguir un dogma? Aunque logré desenterrar varias respuestas para las preguntas clásicas más sencillas, surgieron otras, porque la filosofía va de eso, de producir interrogantes, cavar y cavar con la esperanza de acercarse a la verdad. No es fácil, pues hay que estar dispuesto a hacer algo que pocos consiguen: darle una sonora patada al ego y no ver los debates como un combate de boxeo, sino como una ayuda para iluminar el camino.

Mucho antes de encontrarme con Sócrates en la biblioteca, tenía la extraña afición de escribir pequeños relatos donde el protagonista era un alienígena; más tarde descubrí que se trataba de un interesante ejercicio filosófico. Contemplar la sociedad desde los ojos de una criatura no humana ayuda a poseer enfoques diferentes de lo que se considera normal. Te invito a escribir un relato así. Quizá descubras lo locos que pueden llegar a ser esos humanos. Pero quiero que vayas más lejos aún, porque en esta entrada escribiré sobre un problema serio que puede agravarse en el futuro: nuestro segundo cordón umbilical. Es posible que no puedas verlo, pero está ahí, encima de tu cabeza. Conexión directa con la estructura social. Aunque en principio no tiene por qué ser un elemento dañino, puede convertirse en un instrumento de subyugación.

Fíjate en la imagen de arriba. Seguro que se te ocurren un montón de alegorías con ella, ¿verdad? El flautista podría ser sustituido por un vendedor, un timador, un político, etcétera. Sustitúyelo ahora por el sistema, no importa cuál. 

Los humanos nacen en un universo que les fagocita de manera inmediata, un universo salido de nuestra imaginación. Edificios, carreteras, trajes, marcas, todo es imaginado y construido en base a unos objetivos. Un traje, verbigracia, nos quiere decir «Respétame, soy importante»; pero ¿piensas que un alienígena lo entendería igual? Recuerda aquella escena de La guerra de los mundos, ésa en la que varias personas le enseñan una bandera blanca al invasor. Partiendo del ateísmo —prefiero dejar la teología a un lado para hacer esto más fácil; trataré el tema más adelante—, sólo existimos de manera primordial nosotros y el cosmos. Lo que queda es una realidad maleable. Ese traje del que hablamos podría ser de una forma completamente distinta, igual que cualquier otro concepto clásico.

¿Y dónde está el problema? En nosotros, ya que percibimos —se nos adoctrina para ello— la realidad imaginada como la única posible. Y cuanto más compleja sea ésta, más difícil lo tendrá el humano para tener una visión externa. Esto podría desembocar en humanos tecnodependientes, acríticos e incapaces de valerse por sí mismos. «¿Para qué voy a aprender a cocinar si la comida aparece pulsando una tecla?», diría nuestro hipotético inútil. Esas palabras hacen creíble a Reverte cuando comenta que el fin del mundo será un apagón. 

La entrada no ha de entenderse como una apología de las acracias, porque los sistemas serán imprescindibles mientras el humano carezca de una moral superior; la libertad absoluta podría destruir cualquier cohesión social en un abrir y cerrar de ojos. No obstante, es necesario mejorar el que tenemos ahora, ya que un sistema de consumo tan extremo sólo sirve para ensuciar el nombre de nuestra especie. Y mejorarlo va a ser difícil: harán falta nuevas generaciones educadas con valores diferentes, cortar el segundo cordón umbilical. Lo último implica que los gobernantes posean confianza en sus ciudadanos, algo imposible ahora mismo. ¿Qué puede esperarse de aquellos que están poseídos por una vorágine consumista? Se consideran superiores, pero son los auténticos esclavos de la actualidad.

¿Qué ocurrirá? ¿Tendrá razón Jeremy Rifkin al decir que el capitalismo perderá su dominio como modelo económico? Por cierto, buen nombre, Jeremy; Pearl Jam le dedicó una canción a un chico que se llamaba así.

Entretanto, yo estoy construyendo una nave submarina para emular a Nemo y alejarme de todo este embrollo. Si quieres formar parte de la tripulación, adelante; pago bien, más de seiscientos euros.

sábado, 5 de julio de 2014

La chica de ACNUR


El pasado viernes tuve un día de perros, pues todo lo que podía salir mal, salió mal. Para rematarlo, me pasó algo chocante cuando iba de camino a casa. Había comprado una novela de Palahniuk, Monstruos invisibles, y atravesaba la calle Corrida —es así como se llama, sí; no penséis mal—. Inopinadamente, una chica menuda que usaba gafas de pasta se colocó a mi lado. «Alegra esa carita», dijo. Al principio me sorprendí, porque era la segunda vez en mi vida que un extraño se acercaba para hablarme con familiaridad. Además, estaba pensando en cómo afrontar la fase final del último libro que escribo: se me han ocurrido tres caminos diferentes y no termino de decidir cuál escoger. 

Una vez que se me pasó el pasmo, supe sus intenciones y entonces me crecieron los colmillos. Veréis, si algo sabe hacer bien un escritor, es engañar. ¿No son las novelas mentiras colosales? Así que la pobre iba a sufrir por todos mis males pasados. Empecé preguntándole con amabilidad si se trataba de una cámara oculta, y luego maquiné un buen repertorio de frases cáusticas mientras me hacía el despistado. Sin embargo, no sé cómo, me vi en medio de una conversación friki... ¡Maldita sea! ¡La chica era maja! No se merecía ver, al menos no más de lo necesario, mi parte negativa. Me conformé con unas pocas falacias inocuas. 

Ah, pobre arañita, pensabas que habías atrapado a una mosca. Debo, eso sí, disculparme, ya que no fui capaz de evitar ser algo hosco. Comprendo la necesidad de sobrevivir, y sospecho que estas personas de ACNUR deben captar socios para librarse del despido, lo cual explica que un afable extraño se acerque, te sonría y desee charlar amistosamente. Recordé a aquellos siniestros niños-robot de la CF, los que se acercan a ti solicitando auxilio antes de acabar contigo; se me ha olvidado en qué película aparecen. No es que esté en contra de echarle una mano a los refugiados, faltaría más; pero hay otras maneras de pedir ayuda. Asaltar así la intimidad de los viandantes...

Qué gente se encuentra por la calle, eh. Pinta de informático, eh. Pues mi última frase, «Tienes un buen trabajo», era irónica, que lo sepas. Si no fueses tan maja... esta entrada sería muy diferente. 

jueves, 12 de junio de 2014

Política



Hay quien prefiere no meterse en estos temas, ya que tiene miedo a lo que puedan pensar de él, y no faltan lectores dispuestos a huir cuando un autor expone ciertas ideas extraliterarias —¡escribe y calla!—. En mi caso, prefiero hablar de otras cosas porque la política me resulta deprimente. Mostraré aquí por qué, pero tened en cuenta que ni estoy en posesión de la verdad absoluta, ni es mi voluntad adoctrinar a nadie, incluso puedo cambiar de parecer en el futuro. Y considero necesario recordar que la palabra «misántropo» figura en mi descripción: no soy un santo.

Pienso que las ideologías son una de las herramientas para controlar a las masas, y los políticos, muy conscientes de esto, fomentan el odio con la intención de aumentar los votos. En España, generalizando, no se vota a quien uno cree que lo hará mejor, sino a su bando, a los suyos, pues el otro lado está compuesto por enemigos. Si tenemos eso en cuenta, cobran más sentido las actitudes ofensivas que se han visto recientemente, ¿verdad? Tal vez los políticos no sean tan tontos como se cree; sin embargo, el uso del odio no es una idea óptima, porque el ciudadano merece que su voto nazca de mejores sentimientos. Además, ¿qué clase de sociedad es la que se dirige así, con trápalas haciendo el ganso?

No es de extrañar que Pablo Iglesias, alumno aventajado de Maquiavelo, haya logrado meterles una pizca de zozobra; aunque dudo —quizá me equivoque, claro— que llege más lejos.

El panorama es desolador: cada cual defiende a sus políticos cuando dicen una u otra barbaridad, y, mientras tanto, los ciudadanos son sometidos a una presión insoportable que aguantan estoicamente: algunos hasta han preferido suicidarse antes que reaccionar con violencia. Todo esto sucede al tiempo que unos pocos viven en un mundo maravilloso, ajenos a cuanto les rodea; después, si se presenta la situación, le dan la mano a esos simpáticos dictadores que, oye, no son tan malos cuando estás de su parte. ¿Cómo? ¿Que el dictator asesina gente, dices? Eso es una falacia, hombre: conmigo se porta de fábula. 

Ahora bien, los políticos no son alienígenas. Muchos de abajo creen que ellos lo harían estupendamente, que no meterían sus manos en el dinero público; mas caen en el engaño del no yo, porque el ser humano suele verse a sí mismo mejor de lo que es. ¿Y dónde están ésos que veían en Rajoy a un mesías salvador? ¿Se han ido a Narnia? ¿Volverán a creer en otro mesías?

Si has venido aquí buscando un mensaje de esperanza, lo siento. Yo he perdido la fe en la humanidad hace bastantes años, y tengo que luchar día a día para no caer en la indiferencia. Algo «positivo», o al menos «gracioso», sí diré: cuando todo vuelva a ir favorablemente y los necesitados sean una clara minoría, acabarán las quejas; cada uno estará en su casita, viendo telebasura, y los políticos como Cañete —es el primero que se me vino a la cabeza— no tendrán tanta necesidad de hacer el ridículo para que sus colegas, los del otro lado, tengan más votos; o eso prefiero creer, ya que si Cañete es auténtico, entonces la realidad es peor de lo que imaginaba. 

Sé que hay héroes luchando, independientemente de que haya vacas flacas o no, por un sistema superior a éste, lo cual es posible, o defendiendo al ciudadano que lo necesite mientras les llueven insultos; pero son la excepción que confirma la norma. Me alegraría estar equivocado, por supuesto.

jueves, 5 de junio de 2014

Ataque masivo de spam


Antes el spam no me preocupaba demasiado, porque sólo recibía un mensaje muy de vez en cuando, cada dos o tres meses. Qué tiempos más felices... Ahora, por algún motivo que ignoro, esto es lo que encuentro cada vez que hago una comprobación:




Como recibía los mensajes —qué majos, son todo elogios y parabienes...— en una misma entrada, decidí pasarla a borrador y asunto solucionado. ¿Qué ocurrió? Los malditos spam se fueron a otra; así que, aunque no me gusta nada la idea, he optado por incluir la verificación en los comentarios. A ver si con eso dejan de molestarme.

Pronto más reseñas. De momento, sin motivo aparente, ahí dejo el grupo The Bangles molestando al señor Spock:

lunes, 17 de marzo de 2014

Cinco al cuadrado, diez


Hoy toca anécdota. Antes de decidirme a escribirla, le he dado muchas vueltas al asunto porque no sabía si iba a ser interesante: es una de tantas escenas infantiles que pueden causar lástima, nada especial. Empero, conecta con otra escena que sucedió años después, y esa conexión me ayudó, cuando era más joven, a sacar conclusiones útiles sobre la época inmadura que nos rodea.

Ya no recuerdo con exactitud qué edad tenía; once, quizá doce. Estaba sentado al final de la clase, soñando, seguramente, con llevar un gabán mientras resolvía algún crimen, acompañado de un bigotudo colega. El profesor de matemáticas notó mi distracción y me ordenó, con sonrisa de psicópata, que saliese al encerado. Yo sabía que la tormenta se desataría de una forma u otra, ya que ese profesor era aficionado a la vejación, a mofarse de esos pequeños cabroncetes díscolos que no le escuchaban. Solía caminar entre los pupitres, escrutándonos con unos ojos desviados a través de sus gafas gruesas; buscaba excusas para ladrar, y cuando te cazaba, no sabías si te echaba la bronca a ti o al de al lado.

El caso es que ahí me tenéis, ante la pizarra, de espaldas a mis compañeros y con Pitágoras cerca, sentado en su mesa. Me propuso unas cuantas potencias que yo resolví con rapidez, todas salvo la última, que era cinco al cuadrado: escribí diez en lugar de veinticinco. Él, al verlo, ensanchó aún más su sonrisa y me pidió que diese media vuelta; luego rogó silencio a la clase y me preguntó cuánto era cinco al cuadrado. Yo respondí «Diez» con aplomo. Y entonces ocurrió algo tan extraño, tan kafkiano, tan demente, que jamás he podido olvidarlo: el tipo se dejó caer encima de su mesa y se sujetó el abdomen mientras pataleaba en el aire como un dibujo animado. Sus carcajadas, acompañadas por las risas de mis compañeros, me ensordecieron. Pocas veces llegué a sentirme más solo, empequeñecido. Escuché esas risas durante mucho tiempo.

Siete años después, en el instituto, me llevé una sorpresa mayúscula. Un chaval resolvía, no sin dificultad, el ejercicio matemático que la maestra dejó escrito en el encerado. Yo no prestaba atención, pero mi sentido arácnido se activó cuando escuché «¿Cuánto es cinco al cuadrado?». Casi no podía creerlo: misma situación, misma pregunta; con la diferencia de que ahora me hallaba entre los espectadores. ¿Imagináis qué respondió el chaval? «Diez», eso dijo. Pensé que habría un aluvión de carcajadas, y el pobre chico regresaría, cabizbajo, a su asiento. No fue así: la profesora, que no se parecía en nada al bufón de antes, le explicó que había multiplicado cinco por dos en vez de cinco por cinco; lo hizo con calma, sin inmutarse, como si aquello no tuviese —y no la tenía— importancia alguna. Ni una risita, ni un leve murmullo. Silencio. El chaval asintió con la cabeza, agradecido, y terminó el ejercicio.

Eso hizo que interpretase la primera escena, la que me acosó durante años, de una manera distinta: el único culpable de aquella humillación fue el profesor. Los niños se rieron porque son niños; podrían haberlo hecho con cualquier otro. Ese tipo, profesional deficiente, se mofaba de sus alumnos para espabilarlos y que se esmerasen. La táctica sirve, por supuesto, sirve si crees que el fin justifica los medios. Yo aprobé matemáticas ese curso, y de paso aprendí lo que significa la palabra «odio». Si alguna vez te ha pasado algo parecido, pregúntate quién es el verdadero culpable, porque a veces no eres tú. El caprichoso azar pone gente de toda índole en tu camino.

Hace poco me crucé con el amigo Pitágoras. Como se ha operado, ya no lleva esas gafas gruesas, y tampoco desvía los ojos hacia Indonesia. Supongo que ahora podrá mirar fijamente a sus alumnos cuando ladre y bufonee, el muy hijo de perra.

lunes, 24 de febrero de 2014

¿De qué va eso de escribir? ¿Qué narices es un escritor?


En la entrada anterior mencioné otra dificultad que acosa a los valientes noveles —yo también me considero uno, pero con cicatrices—, ésos que, antorcha en mano, van a entrar en la caverna literaria y enfrentarse a sí mismos. Se trata de dejarse engañar por una idea quimérica: un escritor es, únicamente, alguien que publica y obtiene beneficios.

Seguro que al escuchar la palabra «escritor», se te vienen a la mente autores como Tolkien, Rowling o Poe. Es normal, son los más conocidos; aunque no los únicos: ocurre que sus nombres atraen a la mayoría del público por diversas razones. Tal vez estés henchido de admiración y quieras imitarles. Si ése es el caso, vas por el buen camino porque la mayoría empieza así. Yo mismo, cuando escribí mi primera obra —sólo para entretenerme; ya ves qué loco estoy—, usé la estructura de IT, la famosa novela de King. Luego descubrí que no he sido el único. No hay nada de malo en copiar recursos de otros autores siempre que sean maestros en lo suyo; evita a Stephenie Meyer y compañía. Más adelante, cuando avances, tu personalidad irá sustituyendo a la del escritor que te gusta; es inevitable. Así que no te preocupes si admiras a otros, ya que el problema lo tienen aquellos que se dedican a contemplarse en el espejo. 

¿Dónde está entonces la dificultad? Pues en no ir más allá de los grandes novelistas, creer, equivocadamente, que el mundillo está compuesto por una élite. Eso, combinado con la ilusión de aspirar a ser igual que ellos, te puede llevar a la catástrofe, a las fauces de un pseudoeditor. Debajo de esos novelistas gigantes hay cientos, miles de autores que ganan una miseria, que son casi anónimos; pero tienen la suerte de dedicarse a lo que les apasiona. Sé realista: las probabilidades juegan en tu contra si quieres ser otro gigante. No pretendo decir con esto que no lo intentes, sino que, reitero, seas realista. Dejemos a Ulises escuchar los cantos de sirena mientras damos media vuelta.

Debes averiguar qué buscas dentro de la caverna literaria, un sitio donde reina la oscuridad y los tropiezos son habituales. Existen muchas clases distintas de escritores, y cada una está definida por lo que ambiciona. El dinero, por ejemplo, no suele estar bien visto —preguntadle a Schopenhauer—; eso sí, ten en cuenta que perseguir dólares no tiene por qué hacerte peor escritor; es decir, la calidad de una obra no está relacionada con lo que uno busque o sea. El tipo más abyecto del planeta podría escribir la obra más hermosa jamás escrita. ¿Sabías que Anne Perry, autora de novelas detectivescas, cometió un asesinato? Los trapos sucios de los artistas darían para hacer una montaña.

Una vez hallado lo que amas, o lo que te aflige, tendrás en tus manos el motivo que te haga teclear como un chiflado: éxito, reputación, fama, placer, crítica, entretenimiento, pesadumbre, evasión y un extenso, extensísimo, etcétera. Cualquiera sirve. El escritor es alguien que, espoleado por sentimientos y afanes, plasma sus inquietudes en el papel. Hasta cuando se trata de satisfacer una demanda comercial, no debe ser común que alguien elija un género que le horrorice para su historia, porque son horas y horas de faena que podrían convertirse en horas y horas de sufrimiento; por ende, las inquietudes siguen estando ahí de alguna forma.

¿Y los malos escritores? ¿Son también escritores? Por supuesto: ¿no son Uwe Boll o Ed Wood directores de cine? ¿Una mala película deja de ser una película?

Las dificultades e incertidumbres a las que se enfrenta un escritor novel aún no se han acabado: poca resistencia a las críticas, ignorar qué conocimientos se necesitan... Pero eso ya son otras historias. Las veremos por aquí algún día.

lunes, 17 de febrero de 2014

Tú paga, que yo te publico


Ya es muy conocida, a estas alturas, la práctica deshonesta que ciertas editoriales usan para engañar al escritor novel: hacerle creer que es el nuevo Umberto Eco mediante halagos y, cuando el ego del pececito está a punto, pedirle un enorme fajo de billetes si quiere ver publicada su obra. «¡Qué menos!, ¡es un coste bajo por publicar tu genialidad, chaval!». A mí, sin ir más lejos, me han comparado con Ende; mala elección, porque ése es, precisamente, uno de los autores que más admiro... y me veo a años luz de él. Eso sin tener en cuenta que yo, un tábano con ganas de fastidiar, y Ende, un buen tipo que quiso espabilarnos con alegorías certeras, no nos parecemos demasiado. Ende, nada menos; si me diesen a escoger entre publicar una novela o tener su firma auténtica en mi edición de Momo... gana la firma. Supongo que soy algo friki, lo cual me agrada. Lástima que ahora Ende no esté entre nosotros, aunque estoy convencido de que seguirá escribiendo en algún sitio; ése es capaz de todo, te lo aseguro.

Pero no vengo a hablarte del ínclito fraude editorial, sino de por qué éste se produce, la raíz. 

¿Reconoces al actor de la imagen? Es Jeremy Irons en una escena de El ladrón de palabras, película que muestra a un par de escritores desventurados. Él interpreta a uno de ellos, el que escribe —presta atención— una obra maestra en dos semanas. Puestos a romper moldes, podría haberlo hecho en dos días y así superar a Stevenson. La proeza de Irons no es imposible, por supuesto; pero tal arranque de inspiración se da en muy pocos casos. Además, la calidad no suele ir acompañada de la rapidez. Lo natural es dedicarle uno o dos años al mamotreto, porque después de teclear toca corregir; y eso, corregir, debería llevarte más tiempo que lo anterior. ¿A dónde quiero llegar?, a la imagen distorsionada que se vende de los autores: sujetos olímpicos que poseen un don divino, mirífico, un regalo que cayó de los cielos y les permite crear. Esa imagen está, desgraciadamente, propugnada por muchas editoriales y escritores; en consecuencia, es lo que muchos noveles perciben.

La realidad es diferente, ya que ni posees ese don, ni eres especial —los genios existen, claro, mas son un porcentaje minúsculo—. En cambio, lo que sí hay es trabajo del duro, del que hace sudar tinta. Esto queda demostrado con la plétora de nuevos autores que se rinden tras su primer «fracaso». Descubren que la literatura, al igual que otras artes, pide sacrificio, trabajo, a cambio de ser dominada. Rembrandt no empezó pintando La ronda de noche. Hendrix no nació con una guitarra bajo el brazo. Parece lógico, ¿no? Pues es común, en el ámbito editorial, mentir sobre primeras obras escritas —a saber cuántas han escrito antes—, porque interesa vender al nuevo Stephen King como un genio, que los genios venden un montón. Por cierto, ¿sabes toda la porquería que se tragó King antes de publicar? Afortunadamente, cada vez son más los autores publicados que explican el difícil camino recorrido. Sin olvidar que, aun siendo bueno tecleando, es posible no publicar nada: mala suerte, no conectaste con los lectores.

Rendirse tras el primer «fracaso» es malo; pero peor aún es permitir que unas sabandijas, las mismas que aparecen en todas las épocas, se alimenten de él, engorden a base de ilusiones perdidas. Una opción mejor es compartir tus obras gratis, o la autopublicación. Hoy, con internet, nunca ha sido más sencillo.

El problema no acaba aquí: falta la idea preconcebida de que un escritor es sólo alguien que publica y gana dinero con sus novelas. Pero eso ya es otra historia. La veremos en una entrada futura. 

jueves, 14 de noviembre de 2013

El espacio, la última frontera


Solamente pido una gran nave y encontrar una estrella por la que guiarla, poder sentir el viento a mis espaldas y el sonido del mar a mis pies. Y si desapareciera el viento y el agua, nada importaría, tendría mi nave, y unido a ella viajaría rumbo a las estrellas. 
James Tiberius Kirk citando a un poeta desconocido en El mejor ordenador.

Hubo un tiempo en el que los lugares remotos, inexplorados, llenaban nuestra imaginación de criaturas fabulosas. Aquellos animales mitológicos —Hume los llamaría conceptos compuestos— han sido sustituidos por especies alienígenas; es una manera de lidiar con lo desconocido, de darle un rostro a la niebla. Aún quedan muchas aventuras, pero estamos, desgraciadamente, en el entreacto. A los capitanes que antaño se guiaban por las estrellas, buscando nuevos horizontes, sólo les queda soñar. Unos se dedican a imprimir esos sueños en papel; otros, a dirigir su mirada, anhelantes, hacia el techo nocturno.

Sólo hay un humano que me da envidia, una profunda envidia: el que pueda, por fin, volver a guiarse por las estrellas, iluminar los misterios, entablar nuevas relaciones. Si una oportunidad así se me presentase, daría lo que fuese para no perderla. Y sé que no soy el único.

La ciencia ficción, ésa donde una «familia» viaja en su nave, es un paliativo que ayuda a los que sienten la necesidad de tener aventuras espaciales; aunque, paradójicamente, también alimenta un deseo irrealizable. Los guionistas suelen elaborar una amarga medicina que satisface sus fantasías frustradas. Nada que reprocharles... algunos novelistas hacen lo mismo, y a veces hasta logran un éxito desmedido con ese método, ¿eh, Meyer? Ahí está la realidad, de todas formas, esperando para golpearnos cuando esas historias efímeras se acaban.

¿Quieres ir a donde nadie ha llegado jamás? Lo siento, época equivocada. Por suerte, aún hay sagas que deben nacer, y en ellas habrá personajes que no pedirán nada a cambio de nuestra compañía; personajes como Spock, el entrañable alienígena de aspecto feérico, o Han Solo, ese astuto contrabandista. Llegará, gracias a la ciencia, un día en el que podremos hacer algo más que ir tras su sombra.  

Es muy grande, nuestra prisión. Al menos una de ellas. Toca soñar, capitán.

Hagamos un trato: cuando terminemos de construir nuestro castillo, y acabemos con todos los dragones, ¿por qué no ponemos rumbo a la más lejana estrella y vemos lo que hay allí? Tú y yo.
Dylan Hunt en Arenas planas y solitarias. 

sábado, 21 de septiembre de 2013

Dr. Extraño

Las cuatro primeras ilustraciones de esta entrada han sido dibujadas por Quique Alcatena, un autor al que es difícil no admirar. 

El pavoroso avance de los sin mente
Mi apego a los cómics de superhéroes es minúsculo porque siempre he preferido otros medios narrativos; sin embargo, hay un personaje de Marvel que me resulta fascinante: Doctor Extraño. Y no sólo él, sino también el universo que lo rodea, lleno de asombrosos seres que moran en otras dimensiones.

Extraño —a partir de ahora lo pondré en cursiva para que no se confunda con un adjetivo o el presente de «extrañar»— es un héroe que hace honor a su apellido, pues sus aventuras se salen de lo común; no en vano ostenta el título de «hechicero supremo». Cuando no está midiendo sus fuerzas con otro mago, o flotando por el cielo de la ciudad en forma incorpórea, ha de evitar que el planeta sea conquistado por poderosísimas criaturas sobrenaturales. No son pocas las veces que Extraño se ve superado y tiene que usar la astucia.

El que sostiene ese báculo, Nébulos,
es alguien poco amistoso. Al fondo
está el Tribunal Viviente
Los villanos que las mentes de Stan Lee y Steve Ditko crearon para Extraño son... impresionantes. El más conocido de ellos, Dormammu, podría vencer él solo a varios superhéroes, y no es más que una muestra de lo que vendrá luego, porque hay otros que representan un peligro mucho mayor. La imagen de Dormmamu, con esa cabeza llameante, irradia cólera por los cuatro costados; cólera que no es meramente estética: pocos enemigos ha tenido Extraño que se dejen dominar tanto por la ira. Afortunadamente, Dormmamu sigue un código moral y, aunque no le gusta perder..., sabe aceptar una derrota; si no fuese así, podría haber aplastado a Extraño en varias ocasiones. Y Dormmamu no es nadie comparado con el Tribunal Viviente, verbigracia. La buena noticia es que el Tribunal Viviente no debería catalogarse como un villano, ya que se encarga de mantener el equilibrio del cosmos. 

Extraño enfrentándose a Zom
Los personajes que se encuentra Extraño poseen un poder fabuloso, pero sería un error fijarse sólo en ese detalle: cada uno está dotado de algo que los hace especiales, carismáticos. Por un lado, enfrentarse con Pesadilla garantiza grandes dosis de viñetas oníricas, surrealistas; por otro, los sin mente no dejaran nunca de luchar cuerpo a cuerpo, pues son incansables; si no fuese por la barrera que los mantiene a raya, generada por Dormmamu, causarían una destrucción total.

Perdonad que haya hablado, de momento, más de los villanos que del héroe. Lo hice porque creo que un héroe no es nadie si no tiene un buen antagonista, y Extraño cuenta con rivales dignos que lo engrandecen como personaje. Centrémonos ahora en la figura del doctor.

Pesadilla y su unicornio negro
Para empezar, no le llaman «doctor» por nada: otrora fue un reputado médico especializado en neurocirugía; lo era hasta que sus manos quedaron estragadas por un accidente, incapacitadas para operar. Después de esa desgracia, viajó al Tíbet; allí un anciano le enseñó los secretos de las artes místicas, y le legó la tarea de ser un escudo contra la maldad de otras dimensiones. Extraño es, por lo tanto, imprescindible: sin él protegiendo la tierra, los humanos sufrirían un destino atroz. Extraño, aun siendo consciente de eso, combate con denuedo y elegancia, como sólo un mago puede hacerlo: orquestando fuerzas místicas hasta desfallecer. Dos objetos le ayudan: en su cuello, el ojo de Agamotto puede abrirse para desvelar lo oculto; en sus hombros, la capa de levitación es una ayuda inestimable.

¿Habrá película del doctor en los años venideros? ¿Merecerá la pena?

Extraño en su sancta sanctorum. Parece que no le gustan
los eBook

domingo, 30 de junio de 2013

Los mitos de Cthulhu por Roberto Bolaño


Un interesante texto de Bolaño que quería compartir. Espero que te lo pases tan bien como yo cuando lo leí.

Para Alan Pauls

Permitidme que en esta época sombría empiece con una afirmación llena de esperanza. ¡El estado actual de la literatura en lengua española es muy bueno! ¡Inmejorable! ¡Óptimo!

Si fuera mejor incluso me daría miedo.Tranquilicémonos, sin embargo. Es bueno, pero nadie debe temer un ataque al corazón. No hay nada que induzca a pensar en un gran sobresalto.

Pérez Reverte, según un crítico llamado Conte, es el novelista perfecto de España. No tengo el recorte donde afirma eso, así que no lo puedo citar literalmente. Creo recordar que decía que era el novelista más perfecto de la actual literatura española, como si una vez alcanzada la perfección uno pudiera seguir perfeccionándose. Su principal mérito, pero esto no sé si lo dijo Conte o el novelista Marsé, es su legibilidad. Esa legibilidad le permite ser no sólo el más perfecto sino también el más leído. Es decir: el que más libros vende.

Según este esquema, probablemente el novelista perfecto de la narrativa española sea Vázquez Figueroa, que en sus ratos libres se dedica a inventar máquinas desalinizadoras o sistemas desalinizadores, es decir artefactos que pronto convertirán el agua de mar en agua dulce, apropiada para regadíos y para que la gente se pueda duchar e incluso, supongo, apta para ser bebida. Vázquez Figueroa no es el más perfecto, pero sin duda es perfecto. Legible lo es. Ameno lo es. Vende mucho. Sus historias, como las de Pérez Reverte, están llenas de aventuras.

Francamente, me gustaría tener aquí la reseña de ese Conte. Lástima que yo no ande por ahí guardando recortes de prensa, como el personaje de La colmena, de Cela, que guarda en un bolsillo de su raída americana el recorte de una colaboración suya en un diario de provincias, un diario del Movimiento, es de suponer, un personaje entrañable, por otra parte, al que siempre veré con el rostro de José Sacristán, un rostro pálido e inerme en la película, una jeta inconmensurable de perro apaleado con su arrugado recorte en el bolsillo, deambulando por la imposible meseta de este país. Llegado a este punto permitidme dos digresiones exegéticas o dos suspiros: qué buen actor es José Sacristán, qué ameno, qué legible. Y qué cosa más curiosa ocurre con Cela: cada día que pasa se asemeja más a un dueño de fundo chileno o a un dueño de rancho mexicano; sus hijos naturales, como dicen los púdicos latinoamericanos, o sus bastardos, aparecen y crecen como los matorrales, vulgares y a disgusto, pero tenaces y con la voz bronca, o como las cándidas lilas en los lotes baldíos, según la expresión del cándido Eliot.

Si al cadáver increíblemente gordo de Cela lo amarramos a un caballo blanco, podemos y de hecho tenemos a un nuevo Cid de las letras españolas.

Declaración de principios:
En principio yo no tengo nada contra la claridad y la amenidad. Luego, ya veremos.

Esto siempre resulta conveniente declararlo cuando uno se adentra en esta especie de Club Mediterranée hábilmente camuflado de pantano, de desierto, de suburbio obrero, de novela-espejo que se mira a sí misma.

Hay una pregunta retórica que me gustaría que alguien me contestara: ¿por qué Pérez Reverte o Vázquez Figueroa o cualquier otro autor de éxito, digamos, por ejemplo, Muñoz Molina o ese joven de apellido sonoro De Prada, venden tanto? ¿Sólo porque son amenos y claros? ¿Sólo porque cuentan historias que mantienen al lector en vilo? ¿Nadie responde? ¿Quién es el hombre que se atreve a responder? Que nadie diga nada. Detesto que la gente pierda a sus amigos. Responderé yo. La respuesta es no. No venden sólo por eso. Venden y gozan del favor del público porque sus historias se entienden. Es decir: porque los lectores, que nunca se equivocan, no en cuanto lectores, obviamente, sino en cuanto consumidores, en este caso de libros, entienden perfectamente sus novelas o sus cuentos. El crítico Conte esto lo sabe o tal vez, porque es joven, lo intuye. El novelista Marsé, que es viejo, lo tiene bien aprendido. El público, el público, como le dijo García Lorca a un chapera mientras se escondían en un zaguán, no se equivoca nunca, nunca, nunca. ¿Y por qué no se equivoca nunca? Porque entiende.

Por supuesto es aconsejable aceptar y exigir, faltaría más, el ejercicio incesante de la claridad y la amenidad en la novela, que es un arte, digamos, que discurre al margen de los movimientos que transforman la historia y la historia particular, coto exclusivo de la ciencia y de la televisión, aunque en ocasiones si uno extiende la exigencia o el dictado de lo entretenido, de lo claro, al ensayo y a la filosofía, el resultado puede ser a primera vista catastrófico sin por ello perder su potencia de promesa o dejar de ser, a medio plazo, algo providencial y deseable. Por ejemplo, el pensamiento débil. Honestamente no tengo ni idea de en qué consistió (o consiste) el pensamiento débil. Su promotor, creo recordar, fue un filósofo italiano del siglo XX. Nunca leí un libro suyo ni un libro acerca de él. Entre otras razones, y no me estoy disculpando, porque carecía de dinero para comprarlo. Así que lo cierto es que, en algún periódico, debí de enterarme de su existencia. Había un pensamiento débil. Probablemente aún esté vivo el filósofo italiano. Pero en resumidas cuentas el italiano no importa. Quizá quería decir otras cosas cuando hablaba de pensamiento débil. Es probable. Lo que importa es el título de su libro. De la misma manera que cuando nos referimos al Quijote lo que menos importa es el libro sino el título y unos cuantos molinos de viento. Y cuando nos referimos a Kafka lo que menos importa (Dios me perdone) es Kafka y el fuego, sino una señora o un señor detrás de una ventanilla. (A esto se le llama concreción, imagen retenida y metabolizada por nuestro organismo, memoria histórica, solidificación del azar y del destino). La fuerza del pensamiento débil, lo intuí como si me hubiera mareado de repente, un mareo producido por el hambre, radicaba en que se proponía a sí mismo como método filosófico para la gente no versada en los sistemas filosóficos. Pensamiento débil para gente que pertenece a las clases débiles. Un obrero de la construcción de Gerona, que no se ha sentado jamás con su Tractatus logico-philosophicus al borde del andamio, a treinta metros de altura, ni lo ha releído mientras mastica su bocadillo de chope, podría, con una buena campaña publicitaria, leer al filósofo italiano o a alguno de sus discípulos, cuya escritura clara y amena e inteligible les llegaría al fondo del corazón.

En aquel momento, a pesar de los mareos, me sentí como Nietzsche en la epifanía del Eterno Retorno. Nanosegundos que se suceden inexorables y todos bendecidos por la eternidad.

¿Qué es el chope? ¿En qué consiste un bocadillo de chope? ¿Está el pan untado con tomate y unas gotitas de aceite de oliva o va el pan seco, envuelto en papel de aluminio, también llamado, por la marca del fabricante, papel albal? ¿Y en qué consiste el chope? ¿Es acaso mortadela? ¿Es una mezcla de jamón york y mortadela? ¿Una mezcla de salami y mortadela? ¿Hay algo de chorizo o salchichón en el chope? ¿Y por qué la marca del papel de aluminio se llama albal? ¿Es un apellido, el apellido del señor Nemesio Albal? ¿O alude a alba, al alba clara de los enamorados y de los trabajadores que antes de partir a su tarea meten en su tartera medio kilo de pan con su correspondiente ración de lonchas de chope?

Alba con un ligero fulgor metalizado. Alba clara sobre el cagadero. Así se llamaba un poema que escribí con Bruno Montané hace siglos. No hace mucho, sin embargo, leí que ese título y ese poema se lo atribuían a otro poeta. Ay, ay, ay, ay, los inconscientes, qué lejos se remonta el rastreo, la asechanza, el acoso. Y lo peor de todo es que el título es malísimo.

Pero volvamos al pensamiento débil, ese guante que se ajusta sobre el andamio. Amenidad no le falta. De claridad tampoco anda escaso. Y los así llamados débiles socialmente entienden perfectamente el mensaje. Hitler, por ejemplo, es un ensayista o un filósofo, como queráis llamarle, de pensamiento débil. ¡Se le entiende todo! Los libros de autoayuda son en realidad libros de filosofía práctica, de filosofía amena, en la calle, filosofía inteligible para la mujer y para el hombre. Ese filósofo español, que glosa y que interpreta los avatares del programa de televisión «Gran Hermano», es un filósofo legible y claro, aunque en su caso la revelación haya llegado con algunas décadas de retraso. No consigo recordar su nombre, pues este discurso, como muchos de vosotros ya habéis adivinado, lo escribo de memoria y pocos días antes de ser pronunciado. Sólo recuerdo que el filósofo pasó muchos años en un país latinoamericano, un país que imagino tropical, harto del exilio, harto de los mosquitos, harto de la atroz exuberancia de las flores del mal. Ahora el viejo filósofo vive en una ciudad española que no está en Andalucía, soportando inviernos interminables, cubierto con una bufanda y con una boina, contemplando en la tele a los concursantes de «Gran Hermano» y escribiendo sus apuntes en una libreta de hojas blancas y frías como la nieve.

Sánchez Dragó es quien escribe los mejores libros de teología. Un tipo cuyo nombre no recuerdo, especialista en ovnis, es quien escribe los mejores libros de divulgación científica. Lucía Etxebarría es quien escribe los mejores libros sobre intertextualidad. Sánchez Dragó es quien mejor escribe los libros sobre multiculturalidad. Juan Goytisolo es quien escribe los mejores libros políticos. Sánchez Dragó es quien escribe los mejores libros sobre historia y mitos. Ana Rosa Quintana, una presentadora de televisión simpatiquísima, es quien escribe el mejor libro sobre la mujer maltratada de nuestros días. Sánchez Dragó es quien escribe los mejores libros de viajes. Me encanta Sánchez Dragó. No se le notan los años. ¿Se teñirá el pelo con henna o con un tinte común y corriente de peluquería? ¿O no le salen canas? ¿Y si no le salen canas, por qué no se queda calvo, que es lo que suele pasarles a aquellos que conservan su viejo color de pelo?

Y la pregunta que de verdad me importa: ¿qué espera Sánchez Dragó para invitarme a su programa de televisión? ¿Que me ponga de rodillas y me arrastre hacia él como el pecador hacia la zarza ardiente? ¿Que mi salud sea más mala de lo que ya es? ¿Que consiga una recomendación de Pitita Ridruejo? ¡Pues ándate con cuidado, Víctor Sánchez Dragó! ¡Mi paciencia tiene un límite y yo en otro tiempo estuve en la pesada! ¡No digas luego que nadie te lo advirtió, Gregorio Sánchez Dragó!

Sepan. A manderecha del poste rutinario, viniendo, claro está, desde el nornoroeste, allí mero donde se aburre una osamenta, se puede divisar ya Comala, la ciudad de la muerte. Hacia esa ciudad se dirige montado en un asno este discurso magistral y hacia esa ciudad me dirijo yo y todos ustedes, de una u otra manera, con mayor o menor alevosía. Pero antes de entrar en ella me gustaría contar una historia referida por Nicanor Parra, a quien consideraría mi maestro si yo tuviera suficientes méritos como para ser su discípulo, que no es el caso. Un día, no hace demasiado, a Nicanor Parra lo nombraron doctor honoris causa por la Universidad de Concepción. Lo mismo lo hubieran podido nombrar doctor honoris causa por la Universidad de Santa Bárbara o Mulchén o Coigüe, en Chile, según me cuentan, bastaba con tener la primaria terminada y una casa más o menos grande para fundar una universidad privada, beneficios del libre mercado. Lo cierto es que la Universidad de Concepción tiene cierto prestigio, es una universidad grande, hasta donde sé todavía es estatal, y allí homenajean a Nicanor Parra y lo nombran doctor honoris causa y lo invitan a pronunciar una clase magistral. Nicanor Parra acude y lo primero que explica es que cuando él era un niño o un adolescente, había ido a esa universidad, pero no a estudiar sino a vender bocadillos, que en Chile se los llama sándwich o sánguches, que los estudiantes compraban y devoraban entre clase y clase. A veces Nicanor Parra iba acompañando a su tío, otras iba acompañando a su madre y en alguna ocasión acudió solo, con la bolsa llena de sánguches cubiertos no con papel albal sino con papel de periódico o con papel de estraza, y tal vez ni siquiera con una bolsa sino con un canasto, tapado con un paño de cocina por motivos higiénicos y estéticos e incluso prácticos. Y ante la sala llena de profesores sureños que sonreían Nicanor Parra evocó la vieja Universidad de Concepción, que probablemente se está perdiendo en el vacío y que sigue, ahora, perdiéndose en la inercia del vacío o de nuestra percepción del vacío, y se recordó a sí mismo, digamos, mal vestido y con ojotas, con la ropa que no tarda en quedarles pequeña a los adolescentes pobres, y todo, hasta el olor de aquellos tiempos, que era un olor a resfriado chileno, a constipado sureño, quedó atrapado como una mariposa ante la pregunta que se plantea y nos plantea Wittgenstein, desde otro tiempo y desde la lejana Europa, y que no tiene respuesta: ¿esta mano es una mano o no es una mano?

Latinoamérica fue el manicomio de Europa así como Estados Unidos fue su fábrica. La fábrica está ahora en poder de los capataces y locos huidos son su mano de obra. El manicomio, desde hace más de sesenta años, se está quemando en su propio aceite, en su propia grasa.

Hoy he leído una entrevista con un prestigioso y resabiado escritor latinoamericano. Le dicen que cite a tres personajes que admire. Responde. Nelson Mándela, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Se podría escribir una tesis sobre el estado de la literatura latinoamericana sólo basándose en esa respuesta. El lector ocioso puede preguntarse en qué se parecen estos tres personajes. Hay algo que une a dos de ellos: el Premio Nobel. Hay más de algo que los une a los tres: hace años fueron de izquierda. Es probable que los tres admiren la voz de Miriam Makeba. Es probable que los tres hayan bailado, García Márquez y Vargas Llosa en abigarrados apartamentos de latinoamericanos, Mándela en la soledad de su celda, el pegadizo pata-pata. Los tres dejan delfines lamentables, escritores epigonales, pero claros y amenos, en el caso de García Márquez y Vargas Llosa, y el inefable Thabo Mbeki, actual presidente de Sudáfrica, que niega la existencia del sida, en el caso de Mándela. ¿Cómo alguien puede decir, y quedarse tan fresco, que los personajes que más admira son estos tres? ¿Por qué no Bush, Putin y Castro? ¿Por qué no el mulá Omar, Haider y Berlusconi? ¿Por qué no Sánchez Dragó, Sánchez Dragó y Sánchez Dragó, disfrazado de Santísima Trinidad?

Con declaraciones como ésta, así nos va. Por supuesto, estoy dispuesto a hacer lo que sea necesario (aunque esto suene innecesariamente melodramático) para que ese escritor resabiado pueda hacer esta y cualquier otra declaración, según sea su gusto y ganas. Que cualquiera pueda decir lo que quiera decir y escribir lo que quiera escribir y además pueda publicar. Estoy en contra de la censura y de la autocensura. Con una sola condición, como dijo Alceo de Mitilene: que si vas a decir lo que quieres, también vas a oír lo que no quieres.

En realidad la literatura latinoamericana no es Borges ni Macedonio Fernández ni Onetti ni Bioy ni Cortázar ni Rulfo ni Revueltas ni siquiera el dueto de machos ancianos formado por García Márquez y Vargas Llosa. La literatura latinoamericana es Isabel Allende, Luis Sepúlveda, Ángeles Mastretta, Sergio Ramírez, Tomás Eloy Martínez, un tal Aguilar Camín o Comín y muchos otros nombres ilustres que en este momento no recuerdo.

La obra de Reinaldo Arenas ya está perdida. La de Puig, la de Copi, la de Roberto Arlt. Ya nadie lee a Ibargüengoitia. Monterroso, que perfectamente bien hubiera podido declarar que tres de sus personajes inolvidables son Mándela, García Márquez y Vargas Llosa, tal vez cambiando a Vargas Llosa por Bryce Echenique, no tardará en entrar de lleno en la mecánica del olvido. Ahora es la época del escritor funcionario, del escritor matón, del escritor que va al gimnasio, del escritor que cura sus males en Houston o en la Clínica Mayo de Nueva York. La mejor lección de literatura que dio Vargas Llosa fue salir a hacer jogging con las primeras luces del alba. La mejor lección de García Márquez fue recibir al Papa de Roma en La Habana, calzado con botines de charol, García, no el Papa, que supongo iría con sandalias, junto a Castro, que iba con botas. Aún recuerdo la sonrisa que García Márquez, en aquella magna fiesta, no pudo disimular del todo. Los ojos entrecerrados, la piel estirada como si acabara de hacerse un lifting, los labios ligeramente fruncidos, labios sarracenos habría dicho Amado Nervo muerto de envidia.

¿Qué pueden hacer Sergio Pitol, Fernando Vallejo y Ricardo Piglia contra la avalancha de glamour? Poca cosa. Literatura. Pero la literatura no vale nada si no va acompañada de algo más refulgente que el mero acto de sobrevivir. La literatura, sobre todo en Latinoamérica, y sospecho que también en España, es éxito, éxito social, claro, es decir es grandes tirajes, traducciones a más de treinta idiomas (yo puedo nombrar veinte idiomas, pero a partir del idioma número 25 empiezo a tener problemas, no porque crea que el idioma número 26 no existe sino porque me cuesta imaginar una industria editorial y unos lectores birmanos temblando de emoción con los avatares mágico-realistas de Eva Luna), casa en Nueva York o Los Ángeles, cenas con grandes magnatarios (para que así descubramos que Bill Clinton puede recitar de memoria párrafos enteros de Huckleberry Finn con la misma soltura con que el presidente Aznar lee a Cernuda), portadas en Newsweek y anticipos millonarios.

Los escritores actuales no son ya, como bien hiciera notar Pere Gimferrer, señoritos dispuestos a fulminar la respetabilidad social ni mucho menos un hatajo de inadaptados sino gente salida de la clase media y del proletariado dispuesta a escalar el Everest de la respetabilidad, deseosa de respetabilidad. Son rubios y morenos hijos del pueblo de Madrid, son gente de clase media baja que espera terminar sus días en la clase media alta. No rechazan la respetabilidad. La buscan desesperadamente. Para llegar a ella tienen que transpirar mucho. Firmar libros, sonreír, viajar a lugares desconocidos, sonreír, hacer de payaso en los programas del corazón, sonreír mucho, sobre todo no morder la mano que les da de comer, asistir a ferias de libros y contestar de buen talante las preguntas más cretinas, sonreír en las peores situaciones, poner cara de inteligentes, controlar el crecimiento demográfico, dar siempre las gracias.

No es de extrañar que de golpe se sientan cansados. La lucha por la respetabilidad es agotadora. Pero los nuevos escritores tuvieron y algunos aún tienen (y Dios se los conserve por muchos años) padres que se agotaron y gastaron por un simple jornal de obrero y por lo tanto saben, los nuevos escritores, que hay cosas mucho más agotadoras que sonreír incesantemente y decirle sí al poder. Claro que hay cosas mucho más agotadoras. Y de alguna forma es conmovedor buscar un sitio, aunque sea a codazos, en los pastizales de la respetabilidad. Ya no existe Aldana, ya nadie dice que ahora es preciso morir, pero existe, en cambio, el opinador profesional, el tertuliano, el académico, el regalón del partido, sea éste de derecha o de izquierda, existe el hábil plagiario, el trepa contumaz, el cobarde maquiavélico, figuras que en el sistema literario no desentonan de las figuras del pasado, que cumplen, a trancas y barrancas, a menudo con cierta elegancia, su rol, y que nosotros, los lectores o los espectadores o el público, el público, el público, como le decía al oído Margarita Xirgu a García Lorca, nos merecemos.

Dios bendiga a Hernán Rivera Letelier, Dios bendiga su cursilería, su sentimentalismo, sus posiciones políticamente correctas, sus torpes trampas formales, pues yo he contribuido a ello. Dios bendiga a los hijos tarados de García Márquez y a los hijos tarados de Octavio Paz, pues yo soy responsable de esos alumbramientos. Dios bendiga los campos de concentración para homosexuales de Fidel Castro y los veinte mil desaparecidos de Argentina y la jeta perpleja de Videla y la sonrisa de macho anciano de Perón que se proyecta en el cielo y a los asesinos de niños de Río de Janeiro y el castellano que utiliza Hugo Chávez, que huele a mierda y es mierda y que he creado yo.

Todo es, a final de cuentas, folclore. Somos buenos para pelear y somos malos para la cama. ¿O tal vez era al revés, Maquieira? Ya no me acuerdo. Tiene razón Fuguet: hay que conseguir becas y anticipos sustanciosos. Hay que venderse antes de que ellos, quienes sean, pierdan el interés por comprarte. Los últimos latinoamericanos que supieron quién era Jacques Vaché fueron Julio Cortázar y Mario Santiago y ambos están muertos. La novela de Penélope Cruz en la India está a la altura de nuestros más preclaros estilistas. Llega Pe a la India. Como le gusta el color local o lo auténtico va a comer a uno de los peores restaurantes de Calcuta o de Bombay. Así lo dice Pe. Uno de los peores o uno de los más baratos o uno de los más populares. En la puerta ve a un niño famélico quien a su vez no le quita los ojos de encima. Pe se levanta y sale y le pregunta al niño qué le pasa. El niño le dice si le puede dar un vaso de leche. Curioso, pues Pe no está bebiendo leche. En cualquier caso nuestra actriz consigue un vaso de leche y se lo lleva al niño, que sigue en la puerta. Acto seguido el niño bebe el vaso de leche ante la atenta mirada de Pe. Cuando se lo acaba, cuenta Pe, la mirada de agradecimiento y de felicidad del niño la lleva a pensar en la cantidad de cosas que ella posee y que no necesita, aunque allí Pe se equivoca, pues todo, absolutamente todo lo que posee, lo necesita. Al cabo de unos días Pe mantiene una larga conversación filosófica y también de orden práctico con la madre Teresa de Calcuta. En determinado momento Pe le cuenta esta historia. Habla de lo necesario y de lo superfluo, de ser y no ser, de ser con relación a y de no ser en relación ¿con qué?, ¿y cómo?, ¿y a final de cuentas qué es eso de ser?, ¿ser tú misma?, Pe se hace un lío. La madre Teresa, mientras tanto, no para de moverse como una comadreja reumática de un lado a otro de la habitación o del porche que las cobija, mientras el sol de Calcuta, el sol balsámico y también el sol de los muertos vivientes, espolvorea sus postreros rayos imantado ya por el oeste. Eso, eso, dice la madre Teresa de Calcuta, y luego murmura algo que Pe no entiende. ¿Qué?, dice Pe en inglés. Sé tú misma. No te preocupes por arreglar el mundo, dice la madre Teresa, ayuda, ayuda, ayuda a uno, dale un vaso de leche a uno y ya será suficiente, apadrina a un niño, sólo a uno, y ya será suficiente, dice la madre Teresa en italiano y con evidente mal humor. Al caer la noche Pe vuelve al hotel. Se ducha, se cambia de ropa, se pone unas gotas de perfume sin poder dejar de pensar en las palabras de la madre Teresa. A la hora de los postres, de golpe, la iluminación. Todo consiste en sacar un pellizco microscópico de los ahorros. Todo consiste en no atribularse. Tú dale a un niño indio doce mil pesetas al año y ya estarás haciendo algo. Y no te atribules ni tengas mala conciencia. No fumes, come frutos secos y no tengas mala conciencia. El ahorro y el bien están indisolublemente unidos.

Quedan algunos enigmas flotando como ectoplasmas en el aire. ¿Si Pe iba a comer a un restaurante barato cómo es que no le dio una gastroenteritis? ¿Y por qué Pe, que tiene dinero, iba precisamente a comer a un restaurante barato? ¿Por ahorrar?

Somos malos para la cama, somos malos para la intemperie, pero buenos para el ahorro. Todo lo guardamos. Como si supiéramos que el manicomio se va a quemar. Todo lo escondemos. No sólo los tesoros que cíclicamente sustraerá Pizarro, sino las cosas más inútiles, las baratijas, hilos sueltos, cartas, botones, que enterramos en sitios que luego se borran de nuestra memoria, pues nuestra memoria es débil. Nos gusta, sin embargo, guardar, atesorar, ahorrar. Si pudiéramos, nos ahorraríamos a nosotros mismos para épocas mejores. No sabemos estar sin papá y mamá. Aunque sospechamos que papá y mamá nos hicieron feos y tontos y malos para así engrandecerse aún más ellos mismos ante las generaciones venideras. Pues para papá y mamá el ahorro era interpretado como perdurabilidad y como obra y como panteón de hombres ilustres, mientras que para nosotros el ahorro es éxito, dinero, respetabilidad. Sólo nos interesa el éxito, el dinero, la respetabilidad. Somos la generación de la clase media.

La perdurabilidad ha sido vencida por la velocidad de las imágenes vacías. El panteón de los hombres ilustres, lo descubrimos con estupor, es la perrera del manicomio que se quema.

Si pudiéramos crucificar a Borges, lo crucificaríamos. Somos los asesinos tímidos, los asesinos prudentes. Creemos que nuestro cerebro es un mausoleo de mármol, cuando en realidad es una casa hecha con cartones, una chabola perdida entre un descampado y un crepúsculo interminable. (Quién dice, por otra parte, que no hayamos crucificado a Borges. Lo dice Borges, que murió en Ginebra).

Sigamos, pues, los dictados de García Márquez y leamos a Alejandro Dumas. Hagámosle caso a Pérez Dragó o a García Conte y leamos a Pérez Reverte. En el folletón está la salvación del lector (y de paso, de la industria editorial). Quién nos lo iba a decir. Mucho presumir de Proust, mucho estudiar las páginas de Joyce que cuelgan de un alambre, y la respuesta estaba en el folletón. Ay, el folletón. Pero somos malos para la cama y probablemente volveremos a meter la pata. Todo lleva a pensar que esto no tiene salida.

sábado, 12 de enero de 2013

El ataque de los virus asesinos


Me hallaba buscando imágenes para escribir una reseña de Patrician 3 —un buen juego, en mi opinión—, cuando el antivirus lanzó la señal de alarma: «¡Troyano!, ¡cuidado!, ¡página contaminada!». Yo ignoré el aviso porque no era la primera vez que ocurría y nunca iba más allá de eso: bastaba con irse a otra página.

Pero...

Pero...

Unos minutos después, mientras corregía un texto, se armó la gorda. Vaya si se armó. Un candado apareció de improviso en el escritorio, el antivirus empezó a gañir sin parar y todas las ventanas se bloquearon. Después se abrió uno de esos «antivirus» que escanean el ordenador detectando un montón de problemas; su emblema era, por supuesto, el candado.

¿En serio se piensan que me lo voy a creer?
Como estaban todas las ventanas bloqueadas, mi primera reacción fue abrir el administrador de tareas... Imposible, también bloqueado. Ahí ya el nerviosismo me hizo un poco de mella. Si todo es inaccesible, ¿cómo me libro de esa porquería? Reinicié el ordenador, pensando en qué le diría al amigo informático, que sabe mucho. Lo hice para ver si podía abrir el administrador de tareas antes de que se activase el maldito programa; y sí, de esa manera logré desactivarlo y borrarlo de mi sistema. Luego usé el genial Malwarebytes —os recomiendo ese programa, podéis obtenerlo en InfoSpyware— para que se comiese con patatas fritas los troyanos que se colaron.

Qué mal rato he pasado. Propongo restablecer el castigo de la picota y castigar con ella a los que hacen troyanos. Los tomates gratuitos no deben faltar, claro.

En cuanto a la entrada de Patrician... se me quitaron las ganas de hacerla.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Once upon a time


Acercaos al fuego, chicos y chicas, y escuchad la historia que voy a contaros. Ocurrió en internet hace mucho, mucho tiempo. En esa lejana época ya existían los foros, y yo era aficionado a escribir relatos en ellos para descubrir qué opinaba la gente. Como supondréis, había foros de toda índole; pero uno en concreto captó mi atención. Era de literatura y estaba bien diseñado. Parecía serio, elegante, un lugar de reunión donde los enigmáticos juntaletras podíamos compartir textos. Dirigí el puntero hacia el subforo de relatos y entré sin temor, pensando en entretenerme un rato con lo que hubiese. Aún recuerdo algunos de los sugerentes títulos: El demonio del desván, Hormigas asesinas, La carretera solitaria. Después de un breve vistazo, opté por Pozo de sangre. 

Fue divertido, aunque tuve que perdonar las faltas ortográficas. No me importaron mucho porque, entre otras cosas, el autor sabía hacer bien lo que de verdad es difícil: puntuar. Eso tiene más mérito para mí que conocer el uso de ciertas tildes traicioneras, o recordar la diéresis de «ambigüedad». Sin embargo, los administradores del foro no lo veían de la misma manera: acusaron al autor de ser un diletante y le conminaron a sacarse una carrera de letras —el tipo era matemático—. Se trataba, por supuesto, de un sitio elitista donde las amenazas de expulsión e insultos eran recurrentes. La puerilidad impresa en aquellos comentarios me molestó, así que pensé en cómo podría darles una lección.

Hice clic en «registrarse» y esperé el mensaje que me daba permiso para ser usuario. Tardó varios días, pero llegó y pude presentarme. Escribí la primera profesión que se me vino a la cabeza: «Hola. Soy médico y me gusta escribir». Luego fui directo al subforo de relatos y les dejé un regalo. No pasó ni una hora antes de que empezasen las críticas destructivas. Que si el protagonista era un palo sin emociones. Que si la historia no tenía sentido. Que si los personajes no reaccionaban correctamente al ver lo grotesco... Al final terminaron mofándose de mí porque yo ni me molesté en defenderme. Para qué. En ese momento me sentía como el jefe del equipo A, ya sabéis, el de «Me encanta que los planes salgan bien», porque no creí que mi treta pasaría completamente desapercibida.

El relato no era mío, sino de Julio Cortázar. «Las manos que crecen».

martes, 25 de septiembre de 2012

Dos años de «La vieja calle del panadero»


Me hubiese gustado publicar esta entrada en el mes anterior, cuando el blog cumplió dos años; pero no pudo ser. Sin embargo, más vale tarde que nunca.

Aún no sé cuándo llegará el final de este blog, pero de momento, si no se tuercen las cosas, le queda vida suficiente para unas cuantas entradas más. Que el ritmo haya decaído un poco no debería preocuparle a nadie. De todas formas, el día que decida irme me despediré con una entrada, no dejaré esto abandonado como un pueblo fantasma.

Tengo pensado escribir más artículos de opinión —por ejemplo, sobre las creencias, porque aunque dije alguna vez que soy agnóstico, a secas, eso más bien es como no decir nada—, y en octubre, el mes de Halloween, recomendaré películas de terror.

Un saludo a todos los que me leen.

sábado, 28 de julio de 2012

El androide del futuro; el futuro del androide


Diálogo entre el capitán Jean-Luc Picard y el científico Bruce Maddox en «La medida de un hombre». Star Trek.

Empieza Picard.

—Oficial, usted sostiene que el oficial Data no es un ser sensible, y que no le corresponden todos los derechos reservados a todas las formas de vida dentro de esta federación.
—Data no es sensible, no.
—Oficial, ¿querría informarnos?, ¿qué hace falta para tener sensibilidad?
—Inteligencia, conocimiento de uno mismo, conciencia...
—Demuestre al tribunal que yo soy sensible.
—Esto es absurdo, todos sabemos que usted lo es.
—¿Así que yo soy sensible, pero el oficial Data no?
—Exacto. 
—Ajá..., ¿por qué? ¿Por qué yo soy sensible?
—Pues se conoce a sí mismo.
—Ése es su segundo criterio. Ocupémonos del primero: la inteligencia. ¿El oficial Data es inteligente?
—Sí, tiene capacidad para comprender, para aprender y enfrentarse a nuevas situaciones.
—¿Como esta vista?
—Sí.
—Y el «conocimiento de uno mismo», ¿qué significa eso?, ¿por qué yo me conozco a mí mismo?
—Porque usted es consciente de su existencia y de sus acciones; es consciente de usted y de su propio yo.
—Oficial Data, ¿qué está haciendo ahora?
—Estoy tomando parte en una vista legal para definir mis derechos y situación. ¿Soy una persona o una propiedad?
—¿Y qué está en juego?
—Mi derecho a elegir. Quizá mi propia vida. 
—Mis derechos, mi situación, mi derecho a elegir... Quizá mi vida. Pues... a mí me parece razonablemente consciente de sí mismo. ¿Oficial?
—(Suspiro).
—Estoy esperando.
—Esto... es... extremadamente difícil. 
—¿Le gusta el oficial Data?
—¿Yo?, no lo conozco lo suficiente como para que me guste o me disguste. 
—¿Pero usted le admira?
—¡Oh!, sí, eso es una extraordinaria ingeniería...
—Ingeniería y programación, sí, eso ya lo ha dicho. Oficial, ¿usted ha dedicado su vida al estudio de la cibernética en general?
—Sí. 
—¿Y del oficial Data en particular?
—Sí. 
—¿Y ahora usted se propone desmontarlo? 
—Para que yo pueda aprender de él y construir más. 
—¿Cuántos más?
—Tantos como se necesiten. Cientos, miles si es necesario... No hay ningún límite.
—Un solo Data es una curiosidad, oficial, incluso una maravilla; pero miles de Datas... ¿No sería eso ya una raza? ¿Y no seremos juzgados por cómo tratemos a esa raza? Y ahora dígame, oficial, ¿qué es Data?
—No comprendo. 
—¡Qué es él!
—¡Una máquina!
—¡¿Lo es?!  ¡¿Está usted seguro?!
—¡Sí!
—Ya reúne dos de sus criterios de sensibilidad, ¿y si reúne un tercero?, conciencia incluso en el menor grado, ¿qué será entonces? Yo no lo sé. ¿Y usted?

martes, 22 de mayo de 2012

La invasión de los libros electrónicos


Las disensiones entre bibliófilos y «ebookófilos» son ásperas. No es para menos: se habla sobre una supuesta batalla entre ambos sistemas. ¡Sólo puede quedar uno!

Es posible que esté equivocado —el futuro lo demostrará—, pero creo, sinceramente, que esa batalla no existe, y que sería ideal que hubiese una buena convivencia beneficiosa para todos: basta con ofrecerle las dos opciones al comprador. De esa manera la gente podría escoger cuánto gastar dependiendo de sus necesidades personales. Si les gusta lo suficiente como para releerlo varias veces a lo largo de los años, el papel es idóneo; si, por el contrario, lo quieren sólo para una lectura, descargar un archivo es más económico. Muchas editoriales han empezado a adoptar este método. Así el cliente puede tener en papel sólo aquellos libros que le agraden de verdad.

Ni los libros van a desaparecer, ni los ebooks son una moda pasajera; cada uno tiene suficientes virtudes para mantenerse a flote. Dudo que los ebooks se conviertan en un sucedáneo del papel, el cual ha sobrevivido a lo largo de los siglos. ¿Por qué renunciar a uno de los mejores inventos de la humanidad? Uno que no necesita chutes de electricidad para vivir, dura décadas y engalana hogares. Compararlo con los vinilos para afirmar que correrán la misma suerte, es un error, porque se parte de una analogía falsa: un libro no es un vinilo, diría perogrullo. Las diferencias, a pesar de que haya quien no las vea, son demasiado pronunciadas.

Aun si llegase a ocurrir tal desastre, me conformaría con pertenecer al selecto club de los que saben cómo se conserva mejor la cultura. Y si luego me llaman friki o elitista, será para mí un halago. 

jueves, 17 de mayo de 2012

Un libro difícil de atrapar


Hay libros que tienen un valor especial porque suelen releerse con frecuencia. Como son tan vanidosos y exigen tanta atención, es mejor comprar buenas ediciones con las tapas duras, si no podrían deteriorarse a sí mismos para mostrar su enfado. Incluso son capaces de escaparse, igual que hicieron mis ensayos de Montaigne, quejándose de que una cubierta tan endeble no era capaz de contener sus numerosas páginas.

Necesitaba uno nuevo, está claro; pero ¿cuál? Muchas editoriales tienen ese libro en su catálogo, así que se lo consulté a Google, el que todo lo sabe. Y vi algo maravilloso: una edición ilustrada por Dalí. Si existe un pintor que me agrade, es Dalí. ¡Qué imágenes más inspiradoras!, ¡qué derroche de imaginación!, ¡cómo evocan!; con ese estilo ornamentando las letras de Montaigne, el libro gana mucho, sin duda... 

Y tanto... 


No sé vosotros, pero yo no estoy dispuesto a pagar esa suma por un libro. Me parece un dispendio. Además, aun si me sobrase dinero para adquirirlo, ¿qué hago después con él? ¿Exponerlo en una vitrina? Los libros son para leerlos. Prefiero una edición más económica que al menos me deje acercarme, ésa tiene pinta de querer una casa para ella sola. Demasiado caprichosa. Seguro que quiere ser admirada todo el día, como si la gente no tuviese mejores cosas que hacer.

Algunos objetos son sólo para cumplir la función de ostentar, ya saben, «yo tengo esto porque puedo permitírmelo y los demás no, ergo, soy mejor».  Curiosidades de una añosa sociedad convulsa. Mientras tanto la verdadera riqueza sigue ahí; escondida a la vista de todos.

martes, 27 de marzo de 2012

Un mensaje de Bertrand Russell para el futuro


Como en la primera entrada del mes se muestra a un visionario, me ha parecido una buena idea terminar con otro: Bertrand Russell, matemático y filósofo británico. Es un fragmento de una entrevista donde se le pregunta qué le diría a una distante generación futura. Aunque esto ocurre en 1959 ya deduce que la humanidad estará «más y más estrechamente interconectada».

Yo imagino este mensaje repitiéndose una y otra vez en un sórdido monitor perdido entre enjambres de hierros retorcidos, y contemplado por un grupo de humanos rudimentarios que no entienden ese extraño lenguaje. ¿Quién será ese hombre? ¿Qué dirá? ¿Por qué va vestido así? Mejor busquemos algo que podamos llevarnos a la boca.

Pura ciencia ficción, oiga.

jueves, 22 de marzo de 2012

Ego, demasiado ego


El ego* puede suponer la muerte de un artista, o arrojar al lugar más remoto a quien se deje llevar por él, pues impide el ascenso a niveles más elevados: si ya se sabe todo, nada queda por aprender. La humildad, en cambio, es inherente a la sabiduría. Las críticas, si no se toman como afrentas, pueden utilizarse para descubrir errores y acortar el camino hacia el objetivo que se quiera conseguir. En caso de que provengan de una fuente nociva, basta con apartar la escoria y beber la parte límpida; de esa manera incluso un enemigo quizá se convierta, sin pretenderlo, en un inesperado maestro.

En los debates, tanto de la vida cotidiana como públicos, las personas suelen adentrarse en un terreno peligroso donde no se busca la teoría más acertada, sino defender vanidades atacadas por una retórica artera. Pocos son los que sólo se interesan por la verdad, y no les importa rectificar para beneficiarse a sí mismos; la mayoría es capaz de defender sofismas con tal de derrotar a su adversario en una cruenta pugna por la razón. Con los ególatras se va un paso más allá: ni siquiera escuchan, porque se limitan a repetir el mismo mantra de manera incesante. Sospecho que en ocasiones son capaces de creerse una falsedad para defender sus argumentos; pero si con esa argucia se gana una discusión, resulta contraproducente para ambas partes. Mi consejo, estimado lector, es que no te dejes atrapar por las redes de la astucia, y no le des importancia a lo que no la tiene. Si Platón viviese hoy..., probablemente le daría muchas nuevas connotaciones a su alegoría de la caverna, ya que sentarse a contemplar cómo pasan las sombras se volvería mucho más cómodo, dañino y común.

Un exceso de autoestima nubla la capacidad de analizar obras propias, crea la ilusión de que ya se ha alcanzado un nivel al que no se llegó aún. Para muchos ególatras los demás sostienen opiniones erróneas, porque sólo ellos están en posesión de la verdad; son otros, y no ellos, los que se equivocan. Es cierto que muchos genios se han ahogado en un remolino de ínfulas, pero su rara condición se lo permite: si no fuesen lo que son, nadie les soportaría. Al menos sus opiniones se sustentan de conocimiento, no de ignorancia. Es frecuente que los medios informativos hablen de un tema sin conocerlo en profundidad; cuando se hace eso las noticias se estragan, y la estructura social se resquebraja más de lo que ya está.

Lao Tsé dijo: «Saber que no se sabe, eso es humildad. Pensar que uno sabe lo que no sabe, eso es enfermedad»; Sócrates: «Sólo sé que no sé nada»; Einstein: «Todos somos ignorantes, lo que ocurre es que no ignoramos las mismas cosas»; Heráclito: «La soberbia debe sofocarse con más premura que un incendio». Y tenían razón: la humildad, la curiosidad y el anhelo de prosperar intelectualmente son las mejores herramientas.

*En esta entrada toma el sentido más coloquial, es decir, una autoestima demasiado elevada. 

A mí no me miren; yo no tengo ego que pueda ser herido

lunes, 5 de marzo de 2012

Asimov y la enseñanza


Un fragmento de una entrevista donde Asimov opina sobre el método de enseñanza actual —bueno, según el usuario que subió el video, Asimov dijo eso en 1988; sin embargo, la enseñanza no ha variado mucho, ¿no?—. Lo dejo por aquí porque plantea algunas ideas interesantes. El escritor tiene sus detractores, pero sus virtudes son, o deberían ser, innegables.

Lo que está claro es que internet ha sido un gran paso a la hora de acercar la cultura a todos. Lo malo es que todavía queda mucho camino. Aquí podéis ver una versión un poco más ampliada de esa parte de la entrevista.

sábado, 28 de enero de 2012

Cambios drásticos


Me he cansado del aspecto anterior y decidí cambiar el estilo del blog. Esto no tiene por qué ser definitivo, que nadie se asuste. Si notáis que se lee peor o algo por el estilo podéis decírmelo en los comentarios, aunque imagino que el clásico «negro sobre blanco» no resultará molesto.

Un saludo y buen fin de semana.