jueves, 1 de enero de 2015

Nuevo blog


Aunque una vez dije que la última entrada sería El porqué de este blog, prefiero que sea ésta.

Gracias a todos los que habéis leído La vieja calle del panadero; agradezco cada comentario. Yo seguiré en internet, pero mi actividad se reducirá considerablemente y he decidido abrir un sitio nuevo donde colocar mis zarandajas.

http://demenciasvespertinas.blogspot.com.es/

Dejaré el blog abierto porque algunas reseñas merecen la pena, o eso dice la ley de Sturgeon.

Un saludo y próspero año nuevo.

domingo, 28 de diciembre de 2014

Habitantes de YouTube

YouTube se ha convertido en una nueva forma de entretenimiento: es imposible no encontrar algún vídeo que satisfaga los diversos intereses de cada individuo. Hay de todo para todos, desde pesca con mosca hasta lo más estrambótico que pueda imaginarse.

Como en la entrada anterior mencioné a James Rolfe, un tipo que me lo hizo pasar estupendamente con sus vídeos, se me ocurrió que sería una buena idea traeros otras personalidades de YouTube; quizá le sirva a alguien para descubrir una nueva fuente de diversión. Serán tres en total, tres personas que ofrecen una calidad magnífica.

Estoy seguro de que al primero sí lo conocerás: 

¿Necesita presentación?
Varios años atrás, cuando mi presencia en internet se limitaba a escribir fanfics en foros de mala muerte, alguien me pasó un vídeo que se llamaba Dross juega Shufflepuck Cafe. ¡Epíforas e hipotiposis!, pocas veces reí con tantas ganas, y eso que yo, generalmente, no soy alguien risueño: imaginad a Severus Snape partiéndose de risa...; pues eso, Dross consiguió algo bastante difícil. Sí es cierto que luego se pasó repitiendo la misma fórmula, pero algunos de aquellos momentos son legendarios. Lo mejor de éste es el final: exabrupto extremo seguido de la maravillosa introducción de Star Trek. Inolvidable. 

Después de ver aquello, encontré su página —¿aún existe?—, que estaba llena de hilarantes artículos y nuevos vídeos. Tengo que darle las gracias a Dross, porque me entretuvo durante mucho tiempo. Hoy ya no es el mismo de antes, enfoca su trabajo hacia un mundo de misterio e impactos; aun así, sigue haciendo vídeos sobresalientes que son más acordes con su forma de ser actual. Es inevitable que la gente evolucione en uno u otro sentido; asimismo es inevitable que algunos echen de menos al Dross irreverente, ése que llevaba sombrero y gafas oscuras. Si tuviese que elegir... me quedaría con sus vídeos más recientes; aunque no estaría mal que le quitase el polvo al sombrero.

El milenarismo ha llegado y ÉL es el profeta
A Loulogio creo que lo descubrí mientras buscaba la banda sonora de Robocop, pues recuerdo que Robocop tiene un problema —sólo el título ya induce a risa— fue lo primero que vi de ÉL, supremo hacedor de la batamanta, y me pareció divertidísimo. Después comprobé que tenía muchos más vídeos memorables en su canal. Lástima que no sea tan prolífico como Dross; al menos haciendo ese tipo de montajes, ya que tiene un sitio, Café con Lou, donde tuvo la intención de hacer un vídeo al día. Por supuesto, no llegó a concluir esa locura; empero... teniendo en cuenta el poco tiempo que él mismo se dio, me parece increíble el ingenio que tienen algunos Cafés.

Evidentemente, alguien así no podía pasar desapercibido, y no tardó en meterse dentro del peligroso terreno televisivo. No sé mucho de eso. Supongo que acabará encontrando su espacio si todavía no lo ha hecho. Según me han dicho, ahora aparece a veces en el programa de Buenafuente, donde tiene una sección. Me alegro de que alguien con talento haya conseguido lo que, sospecho, buscaba. Ojalá que le vaya bien y no tenga problemas con las acusaciones de intrusismo: «¿Dices que viene de internet? ¡Intruder alert!».

El señor Dayo a punto de desmenuzar un triple A
Dayo no posee tanta fama como Dross y Lou, ya que su número de seguidores es bastante inferior. Deduzco que se debe, en parte, a que tampoco es muy prolífico; pero seguro que irá atrayendo a su propio público. De todas formas, dudo que le dé importancia a eso: está claro que, a diferencia de otros que sólo buscan trepar a toda costa —la de ejemplos que podría poner; YouTube es todo un mundillo—, tiene pasión por lo suyo.

¿Y qué hace Dayo? Críticas, y vaya críticas: se nota que es un lector avezado, uno que sabe ordenar las ideas para que sean claras y fluidas. Tanto si estás de acuerdo con lo que dice como si no, es imposible no quedarse escuchándole. Me encantó su análisis de Hotline Miami, título que está en la lista de mis juegos favoritos, y sus vídeos sobre el celuloide no se quedan atrás. Dayo es audaz y dice sin miedo lo que piensa. Gracias a personas como él, mi grado de misantropía se mantiene bajo.

Además, al igual que Dross, parece que también tiene buen gusto para la música:


jueves, 25 de diciembre de 2014

El laberinto en mis sueños


Durante parte de la semana anterior y los primeros días de ésta, he estado visitando lugares que tienen algo especial para mí. Fue inevitable recordar, mientras lo hice, aquel vídeo tan nostálgico de James Rolfe donde se reencuentra con el dragón de su infancia, uno viejo, descascarillado y a punto de jubilarse. Yo no tenía un dragón en mi memoria, sino un laberinto, y estaba convencido de que su estado también iba a ser decadente; incluso imaginaba a las escavadoras alrededor, preparando el terreno para deshacerse de ese sólido anacronismo. ¿Para qué corretear hoy, la época del entretenimiento digital, entre muros de hormigón? 

Percibí demasiados cambios cuando entré en el parque: era como estar en un lugar diferente, nada que ver con el sitio que visitaba de niño, acompañado de amigos o familiares; pero ahí estaba el laberinto, ahí estaba desafiando al tiempo. 


Si se mira con ojos de adulto, sólo son unas pocas paredes agujereadas; es necesario retrotraerse a la infancia y echarle imaginación: pronto se transformarán en un laberinto a la altura de Jareth, el rey de los goblins. Era divertidísimo ponerse en el papel del típico minotauro y perseguir a los héroes, que huían a toda prisa hasta que el monstruo los atrapaba. Aún recuerdo, y siento, el coscorrón que me di mientras cruzaba rápidamente uno de esos agujeros; sospecho que no fue una buena idea jugar de noche, cubiertos por la oscuridad. En aquella época no había varios focos de luz iluminando los extremos.

Un montón de recuerdos explotó en mi cabeza al tocar los muros, humedecidos por una llovizna. Me vi a mí mismo, una versión diminuta, corriendo a toda velocidad al tiempo que masticaba un chicle. En ese momento me asaltó una certeza desgarradora, la misma que aparece si se recorren las ruinas de una civilización olvidada: el escenario durará más que los actores. Infantes del futuro se pondrán en el papel del minotauro cuando nosotros hayamos desaparecido.

Comprendo a Wallace y su Broma infinita, su decisión de abandonar este espectáculo tedioso y repetitivo, su miedo a no escribir, su rechazo a ese vacío asfixiante que produce el sinsentido de la realidad. Los adultos pueden dejar atrás el disfraz de Asterión —si es que tuvieron la suerte de llevarlo alguna vez— y ponerse otro más honorable, el de caballero de la triste figura; pero eso sirve únicamente para ser golpeado por aspas invencibles. Esta civilización que se mueve tan despacio, ¿a dónde va? Yo creo que en los confines del cosmos hay un pulsador al lado de una nota: «Lo sentimos, no hay más. Como todo se acaba aquí, presione para reiniciar».

Oh, y felices fiestas. Una vez soñé, por estas fechas, que despertaba en los años noventa: Mega Drive bajo un pequeño televisor, colección de cartas Magic en el armario y Los fantasmas atacan al jefe emitiéndose. Me habría gustado quedarme. 

sábado, 6 de diciembre de 2014

Acerca de mi novela


Aquí cerca, encima del PC, tengo impresa la mitad de mi novela; no he podido terminar de pasarla al papel porque la tinta se acabó. Mala suerte. Mientras ordenaba los folios, me di cuenta de que casi no hablo de lo que escribo; así que voy a ponerle remedio.

Con los relatos prefiero experimentar, hacer lo que me dé la gana a sabiendas de que al público quizá no le guste; pero con las novelas mi meta es diferente: trato de lanzar un mensaje e intento ser lo más explícito posible para que cualquiera pueda adentrarse en la trama. En ese aspecto soy, he de reconocerlo, bastante comercial. Sin embargo, toco temas que pueden ser muy desapacibles. No escribo sobre agentes del orden que siguen la ley a rajatabla, pues me interesan más los personajes oscuros, dramáticos. Yo estuve a punto de caer una vez, de encarar al malvado siendo más malvado*; por lo tanto, si se trata de escribir, prefiero un Rorschach antes que un Sherlock. 

Lo que contaré ahora ocurrió hace año y medio, aproximadamente. Acababa de escribir un libro kafkiano —dile eso a un editor, kafkiano, y saldrá corriendo— que, aunque le gustó a una agencia, no logró publicarse. Por si fuese poco, estaba desanimado, a punto de tirar la toalla y seguir escribiendo en la sombra, sin ánimo de publicar nada. Entonces encontré una noticia en internet que me enfadó hasta donde no sabía que podía enfadarme. Los pocos que me conocen de cerca saben que soy flemático, no me irrito casi nunca; pero esa noticia consiguió que mi aversión a la sociedad creciese hasta ser del tamaño de Atlas, el titán que sostiene a la tierra. Si yo fuese él en ese momento, habría arrojado el planeta a una trituradora.

Y lo peor de todo es que aún aparecen nuevos artículos de aquella noticia:


Después de enterarme de eso, me puse a escribir sin parar. Antes de darme cuenta, ya tenía unas veinte mil palabras y la historia no dejaba de crecer. Me gustaría dedicarle la novela a Carla Díaz, aunque ya no pueda leerla; pero no sé si a la madre le parecería bien.

Imaginad en qué estado escribí el libro. Creo que llegó incluso a alterar mi comportamiento habitual: empecé a perder flema y ganar furor. Algunas entradas de este blog las hice en ese estado de enojo incesante. Por suerte, acabado el libro, me siento más lejos de esa historia. Ya no me afecta tanto, aunque echo de menos ir tras los pasos del protagonista cada noche, cazando nuevas víctimas. 

Siempre que termino una novela se la envío a alguien sincero para que opine sobre ella. En esta ocasión se la dejé leer a tres personas. Las tres leen este blog, aunque sólo una deja mensajes de vez en cuando. No diré los nombres por si les incomoda. Si hablo de estos lectores, es porque me ha impresionado su opinión: a todos les encantó el libro, incluso al más exigente —un pez gordo de las letras que siempre me decía «no» con la cabeza cuando le pasaba alguna novela; ahora, por una vez, dijo «sí»—. Esto ya es para mí una pequeña victoria. Debo agradecerles el haberme dado una confianza que no tenía.

¡Ah! Que aún no he dicho de qué va la novela. Pues... mejor dejarlo para más adelante. Tengo un plan: publicarla en un blog si a los editores no les agrada. Gracias, internet. Como sé que hay autores a los que les molesta que se publiquen libros así, gratis, aclaro que sería sólo el último recurso: antes de llegar a eso, deben pasar un par de años como mínimo.

*A veces, por desgracia, el sistema te coloca en una posición difícil donde no queda más remedio que morder o ser mordido. Son las reglas del juego.