Empecé a leer filosofía para hallar respuestas, lo cual es un noble objetivo. Era joven y, además de tener fe en utopías, deseaba comprender mi entorno, ese teatro del que hablaba Shakespeare. ¿Por qué hay hambre? ¿Por qué tengo que escoger una ideología? ¿Por qué he de seguir un dogma? Aunque logré desenterrar varias respuestas para las preguntas clásicas más sencillas, surgieron otras, porque la filosofía va de eso, de producir interrogantes, cavar y cavar con la esperanza de acercarse a la verdad. No es fácil, pues hay que estar dispuesto a hacer algo que pocos consiguen: darle una sonora patada al ego y no ver los debates como un combate de boxeo, sino como una ayuda para iluminar el camino.
Mucho antes de encontrarme con Sócrates en la biblioteca, tenía la extraña afición de escribir pequeños relatos donde el protagonista era un alienígena; más tarde descubrí que se trataba de un interesante ejercicio filosófico. Contemplar la sociedad desde los ojos de una criatura no humana ayuda a poseer enfoques diferentes de lo que se considera normal. Te invito a escribir un relato así. Quizá descubras lo locos que pueden llegar a ser esos humanos. Pero quiero que vayas más lejos aún, porque en esta entrada escribiré sobre un problema serio que puede agravarse en el futuro: nuestro segundo cordón umbilical. Es posible que no puedas verlo, pero está ahí, encima de tu cabeza. Conexión directa con la estructura social. Aunque en principio no tiene por qué ser un elemento dañino, puede convertirse en un instrumento de subyugación.
Fíjate en la imagen de arriba. Seguro que se te ocurren un montón de alegorías con ella, ¿verdad? El flautista podría ser sustituido por un vendedor, un timador, un político, etcétera. Sustitúyelo ahora por el sistema, no importa cuál.
Los humanos nacen en un universo que les fagocita de manera inmediata, un universo salido de nuestra imaginación. Edificios, carreteras, trajes, marcas, todo es imaginado y construido en base a unos objetivos. Un traje, verbigracia, nos quiere decir «Respétame, soy importante»; pero ¿piensas que un alienígena lo entendería igual? Recuerda aquella escena de La guerra de los mundos, ésa en la que varias personas le enseñan una bandera blanca al invasor. Partiendo del ateísmo —prefiero dejar la teología a un lado para hacer esto más fácil; trataré el tema más adelante—, sólo existimos de manera primordial nosotros y el cosmos. Lo que queda es una realidad maleable. Ese traje del que hablamos podría ser de una forma completamente distinta, igual que cualquier otro concepto clásico.
¿Y dónde está el problema? En nosotros, ya que percibimos —se nos adoctrina para ello— la realidad imaginada como la única posible. Y cuanto más compleja sea ésta, más difícil lo tendrá el humano para tener una visión externa. Esto podría desembocar en humanos tecnodependientes, acríticos e incapaces de valerse por sí mismos. «¿Para qué voy a aprender a cocinar si la comida aparece pulsando una tecla?», diría nuestro hipotético inútil. Esas palabras hacen creíble a Reverte cuando comenta que el fin del mundo será un apagón.
La entrada no ha de entenderse como una apología de las acracias, porque los sistemas serán imprescindibles mientras el humano carezca de una moral superior; la libertad absoluta podría destruir cualquier cohesión social en un abrir y cerrar de ojos. No obstante, es necesario mejorar el que tenemos ahora, ya que un sistema de consumo tan extremo sólo sirve para ensuciar el nombre de nuestra especie. Y mejorarlo va a ser difícil: harán falta nuevas generaciones educadas con valores diferentes, cortar el segundo cordón umbilical. Lo último implica que los gobernantes posean confianza en sus ciudadanos, algo imposible ahora mismo. ¿Qué puede esperarse de aquellos que están poseídos por una vorágine consumista? Se consideran superiores, pero son los auténticos esclavos de la actualidad.
¿Qué ocurrirá? ¿Tendrá razón Jeremy Rifkin al decir que el capitalismo perderá su dominio como modelo económico? Por cierto, buen nombre, Jeremy; Pearl Jam le dedicó una canción a un chico que se llamaba así.
¿Y dónde está el problema? En nosotros, ya que percibimos —se nos adoctrina para ello— la realidad imaginada como la única posible. Y cuanto más compleja sea ésta, más difícil lo tendrá el humano para tener una visión externa. Esto podría desembocar en humanos tecnodependientes, acríticos e incapaces de valerse por sí mismos. «¿Para qué voy a aprender a cocinar si la comida aparece pulsando una tecla?», diría nuestro hipotético inútil. Esas palabras hacen creíble a Reverte cuando comenta que el fin del mundo será un apagón.
La entrada no ha de entenderse como una apología de las acracias, porque los sistemas serán imprescindibles mientras el humano carezca de una moral superior; la libertad absoluta podría destruir cualquier cohesión social en un abrir y cerrar de ojos. No obstante, es necesario mejorar el que tenemos ahora, ya que un sistema de consumo tan extremo sólo sirve para ensuciar el nombre de nuestra especie. Y mejorarlo va a ser difícil: harán falta nuevas generaciones educadas con valores diferentes, cortar el segundo cordón umbilical. Lo último implica que los gobernantes posean confianza en sus ciudadanos, algo imposible ahora mismo. ¿Qué puede esperarse de aquellos que están poseídos por una vorágine consumista? Se consideran superiores, pero son los auténticos esclavos de la actualidad.
¿Qué ocurrirá? ¿Tendrá razón Jeremy Rifkin al decir que el capitalismo perderá su dominio como modelo económico? Por cierto, buen nombre, Jeremy; Pearl Jam le dedicó una canción a un chico que se llamaba así.
Entretanto, yo estoy construyendo una nave submarina para emular a Nemo y alejarme de todo este embrollo. Si quieres formar parte de la tripulación, adelante; pago bien, más de seiscientos euros.









