lunes, 20 de octubre de 2014

Una jaula espuria


Empecé a leer filosofía para hallar respuestas, lo cual es un noble objetivo. Era joven y, además de tener fe en utopías, deseaba comprender mi entorno, ese teatro del que hablaba Shakespeare. ¿Por qué hay hambre? ¿Por qué tengo que escoger una ideología? ¿Por qué he de seguir un dogma? Aunque logré desenterrar varias respuestas para las preguntas clásicas más sencillas, surgieron otras, porque la filosofía va de eso, de producir interrogantes, cavar y cavar con la esperanza de acercarse a la verdad. No es fácil, pues hay que estar dispuesto a hacer algo que pocos consiguen: darle una sonora patada al ego y no ver los debates como un combate de boxeo, sino como una ayuda para iluminar el camino.

Mucho antes de encontrarme con Sócrates en la biblioteca, tenía la extraña afición de escribir pequeños relatos donde el protagonista era un alienígena; más tarde descubrí que se trataba de un interesante ejercicio filosófico. Contemplar la sociedad desde los ojos de una criatura no humana ayuda a poseer enfoques diferentes de lo que se considera normal. Te invito a escribir un relato así. Quizá descubras lo locos que pueden llegar a ser esos humanos. Pero quiero que vayas más lejos aún, porque en esta entrada escribiré sobre un problema serio que puede agravarse en el futuro: nuestro segundo cordón umbilical. Es posible que no puedas verlo, pero está ahí, encima de tu cabeza. Conexión directa con la estructura social. Aunque en principio no tiene por qué ser un elemento dañino, puede convertirse en un instrumento de subyugación.

Fíjate en la imagen de arriba. Seguro que se te ocurren un montón de alegorías con ella, ¿verdad? El flautista podría ser sustituido por un vendedor, un timador, un político, etcétera. Sustitúyelo ahora por el sistema, no importa cuál. 

Los humanos nacen en un universo que les fagocita de manera inmediata, un universo salido de nuestra imaginación. Edificios, carreteras, trajes, marcas, todo es imaginado y construido en base a unos objetivos. Un traje, verbigracia, nos quiere decir «Respétame, soy importante»; pero ¿piensas que un alienígena lo entendería igual? Recuerda aquella escena de La guerra de los mundos, ésa en la que varias personas le enseñan una bandera blanca al invasor. Partiendo del ateísmo —prefiero dejar la teología a un lado para hacer esto más fácil; trataré el tema más adelante—, sólo existimos de manera primordial nosotros y el cosmos. Lo que queda es una realidad maleable. Ese traje del que hablamos podría ser de una forma completamente distinta, igual que cualquier otro concepto clásico.

¿Y dónde está el problema? En nosotros, ya que percibimos —se nos adoctrina para ello— la realidad imaginada como la única posible. Y cuanto más compleja sea ésta, más difícil lo tendrá el humano para tener una visión externa. Esto podría desembocar en humanos tecnodependientes, acríticos e incapaces de valerse por sí mismos. «¿Para qué voy a aprender a cocinar si la comida aparece pulsando una tecla?», diría nuestro hipotético inútil. Esas palabras hacen creíble a Reverte cuando comenta que el fin del mundo será un apagón. 

La entrada no ha de entenderse como una apología de las acracias, porque los sistemas serán imprescindibles mientras el humano carezca de una moral superior; la libertad absoluta podría destruir cualquier cohesión social en un abrir y cerrar de ojos. No obstante, es necesario mejorar el que tenemos ahora, ya que un sistema de consumo tan extremo sólo sirve para ensuciar el nombre de nuestra especie. Y mejorarlo va a ser difícil: harán falta nuevas generaciones educadas con valores diferentes, cortar el segundo cordón umbilical. Lo último implica que los gobernantes posean confianza en sus ciudadanos, algo imposible ahora mismo. ¿Qué puede esperarse de aquellos que están poseídos por una vorágine consumista? Se consideran superiores, pero son los auténticos esclavos de la actualidad.

¿Qué ocurrirá? ¿Tendrá razón Jeremy Rifkin al decir que el capitalismo perderá su dominio como modelo económico? Por cierto, buen nombre, Jeremy; Pearl Jam le dedicó una canción a un chico que se llamaba así.

Entretanto, yo estoy construyendo una nave submarina para emular a Nemo y alejarme de todo este embrollo. Si quieres formar parte de la tripulación, adelante; pago bien, más de seiscientos euros.

domingo, 12 de octubre de 2014

Cabal

Cubierta donde aparece Cara de 
Botón, el enemigo a batir
Le he visto los hilos a Cabal, inferí cómo iba a desarrollarse la trama sólo con la lectura de los primeros capítulos; por ende, considero que es un libro predecible. No sé cuánto podrán adivinar otros lectores..., seguro que lo suficiente para echar a perder algún golpe de efecto. La causa del problema es el uso de varios recursos manidos. Desconozco si eran tan manidos en el ochenta y ocho, año en que se publicó; pero hoy... hasta en Crepúsculo —¡ay!— aparecen algunas fórmulas narrativas que recuerdan a Cabal.

Para que os hagáis una idea, es como cuando se suaviza la muerte de un secundario, una muerte horrible, haciendo que sea repentinamente malvado: «Caray, qué ha hecho, qué bestia; ahora el héroe se lo va cargar con la motosierra, ya verás». Aunque eso no ocurre en Cabal, pues no quiero dar ni una pista que conduzca a spoilers, sirve de ejemplo. Resulta muy fácil saber quién se esconde tras Cara de Botón antes de que Barker lo diga. También el final es evidente desde casi el principio.

La película, aquí traducida como
Razas de noche, fue escrita y
dirigida por Barker
Y sabes qué: todo lo anterior da igual. Da igual porque la imaginación de Barker, su mundo, salva la novela. Esto no va de vampiros melifluos, sino de la escabrosa y maldita raza de la noche, una tribu de no muertos que se esconde de los vivos para evitar ser perseguida y aniquilada. Su temor a esa posible destrucción les ha llevado a tener sus propias leyes, estrictas reglas de supervivencia: «Lo que hay abajo, permanecerá abajo». Nada de dejarse ver por entrometidos que podrían descubrir su hogar, el cual está en los túneles subterráneos del enorme cementerio de Midian, una ciudad abandonada. No es una buena idea visitarles de noche, porque algunos se olvidan de las normas cuando tienen carne fresca enfrente.

Un joven que se llama Boone, sintiéndose contrito por sus supuestos crímenes —no los recuerda, pero alguien se encargó de enseñarle fotografías de cadáveres salvajemente mutilados—, acude a Midian con la esperanza de encontrar su lugar, un lugar junto a los monstruos. ¿Lo aceptarán?

Claro, claro, como es Barker, no
podía faltar una cuchilla
La escena donde Boone oye hablar de Midian es conmovedoramente barkeriana; ya sabes, desuellos y esas cosas tan suyas, su firma personal. Ésta también puede apreciarse en los siniestros cuadros que pinta; son excelentes regalos de cumpleaños...

Debido a eso, a su imaginario, Cabal es un buen libro. La predictibilidad es un mal menor cuando hay detrás un fascinante universo particular. No puedo decir lo mismo de la película, pues al pobre Barker le quitaron cincuenta minutos enteros de metraje. Y el resultado, sobre todo si se compara con la novela, es mejorable. Aun así, yo la prefiero a muchas películas de terror coetáneas donde priman los sustos fáciles: un ruido atronador acompañado de una imagen repentina. ¿Que al guión le falta chispa? Ponga ruidos atronadores acompañados de imágenes repentinas, así el público se lo hará encima mientras arroja sus palomitas y chilla como... como... Veamos, ¿cómo podría chillar? Lo tengo: como un osito amoroso en una trampa de Jigsaw.

Pongo esta imagen para plantear un interesante e importante
debate: ¿es Barker o J.J. Jameson?

jueves, 2 de octubre de 2014

Anatomía de un asesinato

Qué entrada. Parece la de un
hotel demoníaco, o algo así
Rober Traver es el seudónimo de John D. Voelker, un juez al que le dio por escribir novelas y libros de pesca; de ahí que el protagonista de Anatomía, Paul Biegler, también comparta esa afición. Resulta complicado que un autor no deje algo de sí mismo en los personajes más profundos que crea, aunque sea un rastro mínimo.

Como Traver era un miembro de la ley, optó por nadar en aguas conocidas y escribió la historia de un juicio. Conocer los entresijos de ese mundo supone una ventaja enorme, porque un autor profano debería documentarse durante mucho tiempo para no meter la pata. De todos modos, poseer tantos conocimientos sobre una materia puede convertirse en algo contraproducente si el autor abusa de ellos, entra en tecnicismos que espanten al lector común; y eso es una trampa que Traver supo esquivar a la perfección: Anatomía de un asesinato muestra una historia directa y sencilla, apta para cualquiera con ganas de leer sobre un proceso judicial.

La soberbia defensa de Paul altera a
su desafortunado rival
Vayamos a lo que más interesa: el argumento. Una novela judicial seria no se va a conformar con el robo de unas gallinas, sin más; tratará un asunto complejo que mueva a la reflexión. El título ya deja claro que apunta alto: asesinato. Pero no un asesinato cualquiera, fácil de juzgar, sino uno donde la línea entre el bien y el mal está difuminada. Sí, tenemos asesino y cadáver, la clásica pareja; cualquier persona inflexible estará de acuerdo en condenar al acusado, pues el acto se hizo ante un montón de testigos fiables. Ha matado, ha de recibir castigo. Mas ¿y el móvil? ¿Por qué un distinguido militar llenó de plomo al propietario de una taberna? La respuesta es terrible: porque ese tabernero violó a su esposa. Es fácil opinar desde la confortable distancia sin saber lo que se siente de primera mano. ¿Y si estuvieses en esa situación? ¿Qué habrías hecho? Dudo que todos sean capaces de esperar a que se hagan cargo los agentes del orden.

James Stewart interpreta al abogado
defensor en la versión cinematográfica
El juicio tarda un poco en aparecer, porque Paul hace una investigación previa en la escena del crimen; se trata de un preliminar necesario para sumergirse de lleno en los acontecimientos que más tarde narran los testigos. Tanto esa parte como la del juicio son ágiles e interesantes. Trevor hace, además, algo que me gusta: le da un rasgo característico a cada personaje para que sea fácil recordar su aspecto, como el bigote del teniente, o la calvicie del abogado rival. Eso hace que los secundarios no se conviertan, con el tiempo, en meros nombres.

Los más escrupulosos notarán algunas casualidades chocantes. Por mencionar una, en la página 28 de mi edición hay un personaje que dice «Desde luego, desde luego», palabras repetidas por otro en la 85. Resulta raro que dos personajes se expresen igual, aunque puede alegarse que uno le pegó a otro esas palabras... lo malo es que, prácticamente, ni se conocen. En fin, quitando esos detalles intrascendentes, es una gran novela para los que se sientan atraídos por el género.

He aquí la prueba irrefutable de que descendemos del mono

martes, 30 de septiembre de 2014

YO tengo el poder



Su excelentísima excelencia, el venerable señor Bilderberg, estaba triste. Vivía en un megarascacielos de dos mil pisos, tenía yates, coches deportivos, aviones, huevos de Fabergé —le gustaba lamerlos—, modernos androides sexuales y una joven esposa comprensiva que fumaba billetes con su boquilla de marfil. Todo eso le agradaba, pero no era suficiente: a diferencia de sus compañeros de póquer, más jóvenes que él porque no pasaban de los cien, sólo dominaba un país. Necesitaba más. Siempre más.
      Más.
      Ni sus hermosos androides hermafroditas de grandes puños eran capaces de satisfacerle ya, así que tomó la decisión de hacer algo que llevaba tiempo pensando: insertarse una pluma Montblanc en el ojo. Su baba caía a borbotones sólo de imaginar el placer que ese acto iba a procurarle. Mirándose al espejo con una mueca de alborozo, apretó y apretó hasta sentir un agradable cosquilleo cerebral, un placer indescriptible, éxtasis. Lástima que no tuviese más ojos para repetirlo sin quedarse ciego, aunque quizá podría aficionarse a hacérselo a otras personas, ser un voyeur activo; bastaría con buscar fracasados que no tuviesen ni un céntimo, como ese desarrapado que vio ayer en la calle, pidiendo limosna. Primero lo bañaría, claro; qué menos.
      Bajó a buscarlo él mismo. Cuando se trata de hacer las cosas bien, los siervos no son útiles.

      Entretanto, en la calle del megarascacielos, un orgulloso supermacho salía del gimnasio. Iba con el mentón bien arriba, enseñando sus poderosos y abultados pectorales. Tras él, a unos pasos de distancia, andaba un grupo de niños juguetones.
  El supermacho, sorprendido, tropezó con un montón de cadáveres ensangrentados. Antes de poder reaccionar, un agujero se abrió en su pecho y cayó en la acera. Los niños rieron y saltaron encima de los pectorales; eran mejores que una cama elástica.

      —Un blanco fácil —dijo AsesinoUno.
      —Pues a ver si le das tú al siguiente, AsesinoDos.
      AsesinoDos cogió el rifle de francotirador, relamiéndose. Se colocó en posición y…
      —Joder —dijo—, mira, mira; mira lo que tiene ése en el ojo. Voy a vomitar.
      El aviso era cierto: AsesinoDos vomitó desde la azotea. El caliente líquido se desparramó encima de una señora muy enjoyada. Tamaña vulgaridad la mató en el acto.
      —Ya será menos —dijo AsesinoUno—. Déjame echar un vistazo.
      AsesinoUno, al ver lo mismo que su compañero, se quedó estupefacto: un hombre con una estilográfica en la cabeza. Pensó en matarle, pero le dio lástima y prefirió recoger los enseres. Además, era la hora del bocadillo.

      Bilderberg esquivó el montón de cadáveres, indignado por la huelga de basureros. Los niños seguían con lo suyo y le ignoraron, lo cual le tranquilizó porque odiaba a esas criaturas molestas y estúpidas. Ojalá, pensó, desapareciesen todas. Iba a entrar en su garaje, donde guardaba la vasta colección de coches voladores; pero fue ofensivamente abordado por una reportera televisiva de vanguardia, una celebridad de la moda. Asqueado por tener que entretenerse con esa chica, buscó la automática que escondía bajo su chaqueta… y recordó que se había olvidado de recargarla después de limpiar el cañón. Maldijo su memoria estragada por los años.   
      —¡Señor Bilderberg! —exclamó con una sonrisa deslumbrante—, qué raro es verlo en la calle como un ciudadano más. ¡Y eso de su cabeza es tan chic!
      Al lado de la reportera flotaba una cámara esférica que retransmitía en directo.
      —Déjame en paz, puta —dijo Bilderberg con el rostro crispado—. Tengo cosas que hacer.
      Cada vez que Bilderberg aparecía en Mundovisión para lanzar uno de sus carismáticos exabruptos, su fama crecía como la espuma, y con «puta» ganó diez millones de seguidores más. Un buen número, aunque no tan elevado como el día que mató a un camarero adolescente, pues éste tuvo la osadía de mancharle el traje. La audiencia que vio esa noticia superó con creces a la de Bañe al cocodrilo, el concurso de mayor prestigio.
      —¿Se da cuenta de que ese maravilloso ornamento craneal va a hacerse muy popular? Yo misma quiero uno cuanto antes.
      —Haz lo que quieras; no es mi culpa que estés como una puta regadera, puta —dijo al tiempo que le cerraba la puerta del garaje en sus narices—. Maldita zorra. Esta gente carece de la más mínima decencia y educación.
      «Mañana mismo haré que deroguen la ley doscientos dos, ésa que ampara a los reporteros y les permite entrar en mi avenida, la avenida del éxito», pensó antes de subirse al Ferrari. El ordenador de a bordo le dio los buenos días y le mostró imágenes de las últimas víctimas que habían intentado robarle; al parecer, una banda de malhechores logró entrar en su santuario automovilístico. Por supuesto, sólo pudieron llevarse varias descargas mortales, y luego fueron incinerados conforme al reglamento. Bilderberg sonrió, satisfecho de haber instalado ese sistema de seguridad. Además, gracias a las cámaras podría ver esas deliciosas muertes más tarde, mientras comía un buen muslo de una raza a punto de extinguirse, no recordaba el nombre.
     Las puertas del garaje se abrieron y el Ferrari salió a gran velocidad, sobrevolando el suelo. Con el piloto automático activado, se conducía solo para permitir que Bilderberg buscase algo en la pantalla del ordenador, cualquier cosa que lo entretuviese. Encontró un interesante pase de modelos, modelos jóvenes y atractivas. Había un detalle en ellas que lo inquietó: llevaban una pluma insertada en el ojo. Un oscuro presentimiento le hizo sacar la cabeza por la ventanilla y echar un vistazo: todos los transeúntes llevaban esa pluma. La reportera propagó la moda en un tiempo récord. El Ferrari descendió y un Bilderberg furibundo se apeó de él. Quería acabar su misión cuanto antes y el fracasado estaba cerca, tirado en medio de un parque. Ya podía verlo en su habitación, jadeando de placer y rogando que le golpease de nuevo la pluma con el martillo. Sin embargo, fue rodeado por una multitud antes de poder llegar a su objetivo.
      —¡Es él, es él! —gritaban unos llorando y arrancándose mechones de pelo.
      —¡Está aquí, está aquí! —gritaban otros dándose puñetazos a sí mismos.
      Bilderberg apretó los dientes, asustado: ni una automática cargada podría sacarle de ese encierro. Afortunadamente, descubrió que sólo querían su autógrafo en diferentes partes íntimas; así que se pasó varias horas firmando pechos, culos y escrotos hasta que una sombra circular cubrió el cielo y un ovni aterrizó encima de la gente; una gran parte de ella se convirtió en pulpa, alimento para animales que no se tardó en aprovechar.
      Después de renunciar a su plan, Bilderberg se encogió de hombros. Para él, el mundo se había puesto en su contra, y ahora también el universo.
      El ovni abrió sus compuertas y un grupo de alienígenas avanzó entre la multitud. Eran insectos antropomórficos con alas membranosas y cuatro ojos… uno de ellos atravesado por la omnipresente pluma. Ésta también podía verse en los uniformes que llevaban, dibujada en medio de un círculo.
     —En nombre de nuestro amo, el gran Samsa, buscamos al elegido, al impulsor de la Montblanc como nueva simbología de paz entre los mil y un reinos. Ven con nosotros, oh, Bilderberg, y te enseñaremos nuevas dimensiones, nuevos placeres. Y serás el amo del universo.
      Bilderberg sonrió: ¿amo del universo? Sonaba bien, eso era más que un país. Subió al ovni con sus nuevos amigos y juntos navegaron por el espacio. Cuando aterrizaron en su planeta natal, Samsa le cedió la corona, el cetro y el trono; también a su hembra, que tenía una voluptuosa probóscide. Bilderberg se enamoró de ella al instante.
      Y ésta es la historia de cómo Bilderberg se convirtió en el amo del universo. Fin.
     
      ¿Qué? ¿Acaso esperabas otro desenlace? ¿No sabes que los villanos medran?

     Ending: 


Y aquí la versión de los Misfits: