Hay quien prefiere no meterse en estos temas, ya que tiene miedo a lo que puedan pensar de él, y no faltan lectores dispuestos a huir cuando un autor expone ciertas ideas extraliterarias —¡escribe y calla!—. En mi caso, prefiero hablar de otras cosas porque la política me resulta deprimente. Mostraré aquí por qué, pero tened en cuenta que ni estoy en posesión de la verdad absoluta, ni es mi voluntad adoctrinar a nadie, incluso puedo cambiar de parecer en el futuro. Y considero necesario recordar que la palabra «misántropo» figura en mi descripción: no soy un santo.
Pienso que las ideologías son una de las herramientas para controlar a las masas, y los políticos, muy conscientes de esto, fomentan el odio con la intención de aumentar los votos. En España, generalizando, no se vota a quien uno cree que lo hará mejor, sino a su bando, a los suyos, pues el otro lado está compuesto por enemigos. Si tenemos eso en cuenta, cobran más sentido las actitudes ofensivas que se han visto recientemente, ¿verdad? Tal vez los políticos no sean tan tontos como se cree; sin embargo, el uso del odio no es una idea óptima, porque el ciudadano merece que su voto nazca de mejores sentimientos. Además, ¿qué clase de sociedad es la que se dirige así, con trápalas haciendo el ganso?
No es de extrañar que Pablo Iglesias, alumno aventajado de Maquiavelo, haya logrado meterles una pizca de zozobra; aunque dudo —quizá me equivoque, claro— que llege más lejos.
El panorama es desolador: cada cual defiende a sus políticos cuando dicen una u otra barbaridad, y, mientras tanto, los ciudadanos son sometidos a una presión insoportable que aguantan estoicamente: algunos hasta han preferido suicidarse antes que reaccionar con violencia. Todo esto sucede al tiempo que unos pocos viven en un mundo maravilloso, ajenos a cuanto les rodea; después, si se presenta la situación, le dan la mano a esos simpáticos dictadores que, oye, no son tan malos cuando estás de su parte. ¿Cómo? ¿Que el dictator asesina gente, dices? Eso es una falacia, hombre: conmigo se porta de fábula.
Ahora bien, los políticos no son alienígenas. Muchos de abajo creen que ellos lo harían estupendamente, que no meterían sus manos en el dinero público; mas caen en el engaño del no yo, porque el ser humano suele verse a sí mismo mejor de lo que es. ¿Y dónde están ésos que veían en Rajoy a un mesías salvador? ¿Se han ido a Narnia? ¿Volverán a creer en otro mesías?
Si has venido aquí buscando un mensaje de esperanza, lo siento. Yo he perdido la fe en la humanidad hace bastantes años, y tengo que luchar día a día para no caer en la indiferencia. Algo «positivo», o al menos «gracioso», sí diré: cuando todo vuelva a ir favorablemente y los necesitados sean una clara minoría, acabarán las quejas; cada uno estará en su casita, viendo telebasura, y los políticos como Cañete —es el primero que se me vino a la cabeza— no tendrán tanta necesidad de hacer el ridículo para que sus colegas, los del otro lado, tengan más votos; o eso prefiero creer, ya que si Cañete es auténtico, entonces la realidad es peor de lo que imaginaba.
Sé que hay héroes luchando, independientemente de que haya vacas flacas o no, por un sistema superior a éste, lo cual es posible, o defendiendo al ciudadano que lo necesite mientras les llueven insultos; pero son la excepción que confirma la norma. Me alegraría estar equivocado, por supuesto.










