viernes, 16 de diciembre de 2011

El signo de los cuatro

Holmes y Watson vistos a través de
un ojo de buey...
La evolución de Doyle como escritor de novela policíaca es favorable: ya no hay cortes profundos que alejen al personaje principal demasiado tiempo, y la trama está más cohesionada. El primer pasaje muestra a un Holmes letárgico que necesita cocaína para, según él, estimular el cerebro. De esa manera el autor da a entender qué hace el detective cuando no tiene ante sí algún rompecabezas que necesite ser resuelto. Quizá ese hábito nocivo genere rechazo a los lectores, pero resulta imprescindible conocerlo porque es una pieza más de su compleja personalidad, sin ella, es posible que algunos aspectos del personaje se derrumben. La brillante mente analítica de Holmes es un arma de doble filo, porque si no encuentra actividad que la satisfaga se sume en el más terrible de los tedios, al tiempo que contempla con aversión las vulgares existencias que la rodean. «No puedo vivir sin hacer trabajar mi cerebro. ¿Qué otra cosa hay por la que merezca la pena vivirse? Mire por esa ventana. ¿Vio usted jamás un mundo tan triste, lamentable e improductivo?». La escena que expone un período de inactividad es corta y pronto llega el caso que da título a la novela.

¿Se respetará la novela? ¿O también
aquí se hará uso de la tijera mágica?
Una señorita, Mary Morstan, visita a los dos compañeros y les cuenta que su padre desapareció hace diez años al volver de la india. Eso por sí solo ya sería bastante sugestivo para Holmes, pero hay más: Morstan ha recibido anualmente, durante los últimos seis años, cajitas cuyo contenido es una valiosa perla; y alguien desconocido la ha citado delante del teatro esa misma noche. Tras esa declaración, Doyle conducirá a sus personajes de manera magistral a través de varios escenarios hasta llegar al clímax: una trepidante persecución en barco. La novela mantiene los puntos fuertes de la anterior, sobre todo los diálogos naturales y las personalidades bien desarrolladas; pero además corrige aquellos aspectos criticables de Estudio en escarlata, sobre todo el ritmo alterado. Por lo tanto —reitero—, el autor se supera a sí mismo, ya veremos más adelante si sigue así, porque eso es lo que todos deberían intentar, y no conformarse con que su nombre venda para endilgarle al público un pedrusco literario que la mayoría ni leerán.

Yo mismo podría hacer algo
similar con el Gimp
El signo de los cuatro es una de las historias que más contribuyen a la fama de Sherlock Holmes, alimentándola con aspectos que ya son una parte inherente de él. Algunos de ellos son juzgados como negativos: misoginia, insolencia... Pero yo voy a romper una lanza a su favor con el siguiente diálogo: «Le aseguro que la mujer más encantadora que yo conocí fue ahorcada por haber envenenado a tres niños pequeños para cobrar la cantidad en que estaban asegurados; en cambio, el hombre físicamente más repugnante de todos mis conocidos es un filántropo que lleva gastados casi un cuarto de millón de libras en socorrer a los pobres de Londres». Sin olvidar que, independientemente del porqué, Holmes ayuda a los demás cuando resuelve un caso y eso es lo que importa al final; no sólo es útil dentro de la ficción, sino también fuera de ella divirtiéndonos a nosotros con sus disfraces, deducciones y causticidad. Suele ocurrir que muchos de esos afables filántropos son, en el fondo, tiburones dispuestos a darle una dentellada al que se interponga; mientras que otros, como Holmes, aunque visten una armadura punzante, tienden una mano a los que la necesiten.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Las cartas sobre la mesa


Iba a reseñar otra novela de Sherlock Holmes, pero he visto algo en la red que merece una entrada. Me gustan las novelas de Reverte, concretamente las de Alatriste, y también sus artículos, aunque no esté siempre de acuerdo con ellos —sería raro estar siempre de acuerdo con alguien, ¿no?—; como el tipo me cae simpático, de vez en cuando leo su twitter, donde se puede entrever su lado humano por mucho que diga que se trata de un personaje. A veces una respuesta mordaz revela mucho más de lo que aparenta, y una de ellas captó mi atención, no por ser Reverte el que la escribió, sino porque no es la primera vez que leo algo parecido: «¿Usted no se haría millonario honradamente si pudiera? Pues a eso aspira cualquier escritor. Quien lo niegue, miente».

No opino igual porque eso es meter a todos en el mismo saco: cuando dos hombres realizan una acción similar, sus motivaciones pueden ser diferentes; aunque el dinero sea una meta atrayente que produzca buenas novelas, no es la única que mueve a un escritor. Me niego a pensar que Moorcock, por poner un ejemplo, abandonase los estudios a los quince años para ser un mercenario de las letras. Hay autores de todo tipo, desde los que ya les sobra el dinero antes de empezar a crear, a los que tienen trabajos comunes y escriben cuando les resulta posible; desde los que sueñan con ser ricos, a los que buscan reputación dentro del mundo literario; es decir, grabar su nombre en la historia y continuar viviendo dentro de sus novelas.

Otros sólo lo ven como un mero pasatiempo con el que entretenerse y no aspiran a nada, ni siquiera envían lo que escriben a las editoriales. Son casos raros, pero existen. 

En lo que sí creo que coincide la mayoría es el anhelo por ser leídos. Una novela que no tenga lectores es igual que un filme sin público, o actores esforzándose en un teatro vacío. Por supuesto, no es mi intención menospreciar a los que escriben a cambio de una merecida recompensa; una novela no se escribe sola, son muchas horas, tantas que podría decirse que son pedazos de vida, independientemente de por qué se haga, y la calidad no va a ser superior porque se tenga una u otra intención, en eso entran otros factores. Sin embargo, me disgusta que, como suele decirse, se crea el ladrón que son todos de su condición.Yo tengo la osadía de llamarme a mí mismo escritor porque dedico una parte importante de mi tiempo a construir novelas, y claro que me gustaría ganar dinero con ellas, ¿quién no quiere vivir de su pasión?

A pesar de ello, no busco ser millonario, me bastaría con poder comer y pagar las facturas gracias a las letras, algo que es un sueño casi inalcanzable, sobre todo ahora que la señora crisis es ubicua. Tampoco quiero una fama desmedida, que lo de «misántropo» no es un ornamento, y no me resultaría agradable tener delante una cámara de televisión o dar charlas. Quizá sea un rasgo poco acusado de mi personalidad, pero ahí está. Cada uno es como es, así de simple. Una prueba de ello fue J.D. Salinger, que optó por llevar una vida tranquila aislándose del mundo exterior y pergeñó nuevas historias sin ninguna intención de publicarlas. Para finalizar, voy a pasaros el enlace de un blog que pertenece a una escritora, ella explica mucho mejor todo esto de por qué escriben los autores. 

http://lauraescritora.blogspot.com/2011/11/sobre-lo-que-significa-escribir-y-otros.html

Como le dijeron una vez a Ortega y Gasset en aquella posible anécdota: «Hay gente pa tó».

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Starflight

Puede dar la impresión de ser un
«mata-mata», pero es un juego original
que merece más reconocimiento
Starflight comenzó su andadura en plataformas como Amiga, Commodore 64 o Macintosh; pero tuvo su versión definitiva en Sega Genesis, es decir, Megadrive. Aunque su éxito no fue muy sonado si se compara con otros títulos, aún hoy pueden encontrarse fans que lo siguen jugando y hasta realizan nuevas versiones. Los gráficos, por supuesto, están ya desfasados; sin embargo, quiero que prestéis atención al concepto básico, porque pienso que Starflight podría ser un juego ideal sólo con un mero lavado de imagen y una pequeña ampliación de opciones, razas, tipos de planeta... No necesita más, ya que incluso sin eso, el juego ofrecía —y sigue ofreciendo— algo novedoso: la posibilidad de explorar la galaxia a tu antojo, una galaxia enorme que tiene cientos de planetas, cada uno de ellos con criaturas y minerales que deben recogerse para ser vendidos después en la base. Se podría decir que es un Sandbox —juego no lineal que ofrece libertad de acción—, porque a pesar de que hay misiones, pueden hacerse cuando el jugador quiera... si quiere.

Antes de empezar el viaje, habrá
que dejarlo todo preparado en
la base
Entre viaje y viaje existe la posibilidad de tener encuentros con diferentes naves alienígenas; en esas situaciones se establece una comunicación y el jugador puede escoger entre ser amistoso, neutral u hostil. En el peor de los casos se destaría un combate espacial, algo que puede ser fatídico si no se han comprado buenas armas y escudos, pues la nave puede ir mejorándose a medida que las ganancias obtenidas por el comercio se incrementan. Además también debe contratarse una tripulación competente y designar sus puestos; como es necesario ponerles nombre, es posible que el seguidor medio de Star Trek esté tentado de bautizarlos igual que sus personajes favoritos. Las similitudes entre esa serie de ciencia ficción y el juego son altas, incluso hay un gracioso huevo de pascua: el emocionante encuentro con la nave Enterprise. Pero no es eso lo que hace de Starflight un gran juego de ciencia ficción.

El pequeño vehículo al lado de la nave es el que
se usa para recolectar minerales y cazar criaturas
Cuando se busca el porqué de que un videojuego así despierte tanto interés, es fácil comprobar que está dirigido a un público muy concreto e insatisfecho, ¿cuántos juegos parecidos a éste existen? Starflight ofrece ser el capitán de una nave espacial y nos pone en medio de un mapeado gigantesco, el cual está lleno de sorpresas: planetas peligrosos en los que aterrizar puede ser una locura, agujeros de gusano, encuentros con especies fascinantes, rescates en lugares remotos... Imaginad las posibilidades si se hiciese un remake con la tecnología actual. En el video de abajo podéis ver un poco cómo es, pero os recomiendo buscar un simulador de Megadrive y catarlo vosotros mismos, seguro que es capaz de entreteneros unas cuantas horas.


jueves, 1 de diciembre de 2011

Un repaso a las novelas de Conan Doyle: Estudio en escarlata


Me parece imperdonable que un blog con esta estética y que es, en mayor parte, de reseñas literarias, se haya olvidado casi por completo de las cuatro novelas protagonizadas por el detective más conocido de la literatura: Estudio en escarlata, El signo de los cuatro, El sabueso de los Baskerville y El valle del terror. Sin olvidar los relatos, que son bastantes y se compilan en varios tomos. Sherlock no es el primero porque Poe se anticipó con su Dupin, pero sí que es el que más descuella, ¿quién no ha oído hablar de él? 

Para poner remedio a lo dicho anteriormente comenzaré por la primera: Estudio en escarlata. 

Holmes atravesando la húmeda
neblina londinense

Watson, como siempre salvo en tres ocasiones, es el narrador, algo que se deduce desde la primera parte, donde reza: «Extraído de las memorias de John H. Watson»; de manera que la historia se nos mostrará en primera persona a través de sus ojos. En ella, Doyle hará que una de las parejas ficticias más entrañables se conozca, presentándosela al lector mientras define la personalidad de cada uno. Sherlock es arrogante, inteligente y con una gran capacidad para el análisis; suele divertirse a costa de sus compañeros de profesión, aunque ellos le menosprecian considerándole amateur. Algo que, por supuesto, es falso a pesar de que Lestrade y Gregson se lleven la gloria. «Gregson es el hombre más agudo de Scotland Yard [...]. Él y Lestrade son lo mejorcito de un grupo de torpes. Actúan con rapidez y energía, pero sin salirse de la rutina. Son odiosamente rutinarios. Además se acuchillan el uno al otro. Son tan celosos como una pareja de beldades profesionales». 

Fue publicada en 1887 por Ward, Lock
& Co
Se dice que Estudio en escarlata no es lo mejor que Doyle escribió, porque no se le da ninguna pista al lector y hay un corte importante cerca de la mitad, donde el autor aprovecha para dirigirse hacia lo que le interesaba en aquella época: la novela histórica. Dicho corte, es un flashback ingenioso en el que se habla de los mormones y algunas de sus curiosas costumbres; es necesario para que las piezas encajen bien al final, pero tal vez muy extenso. Incluso con esa circunstancia desfavorable —si es que el lector la considera así—, Doyle ya demuestra ser un gran escritor, pues los diálogos resultan naturales, las descripciones son ágiles, precisas; dan los detalles suficientes sin poner a prueba la paciencia: «Lestrade, tan flaco y parecido a un hurón como siempre, se hallaba en pie junto al umbral y nos dio la bienvenida a mi compañero y a mí»; y el carisma de Holmes es inestimable. La crítica, sin embargo, no trató muy bien a esta obra; es decir, apenas repararon en ella. Pero eso no detendrá el avance de más aventuras, y El signo de los cuatro no se hará de rogar.

Grandiosa portada de Bruguera, pocas
veces se traza con tanto acierto a los dos
compañeros; además es intercambiable:
podría servir para varios títulos...

En la trama aparece un crimen que desconcierta a los profesionales: un puzle que sólo Holmes puede resolver; por tanto, solicitan su ayuda. Esta sencilla fórmula se repetirá más veces a lo largo de los relatos, convirtiéndose en la base; es un buen cebo, porque estimula a descubrir cómo se soluciona un problema críptico con la novedosa ciencia del razonamiento deductivo; ciencia que no es muy conocida por los rudimentarios policías de la época. Además de ella, Sherlock posee recursos que le permiten ampliar su campo de acción, como los disfraces o los irregulares de Baker Street, niños vagabundos que, por un chelín diario y una guinea si entregan una pista valiosa, recorren las calles espiando y buscando; para Sherlock son espías perfectos de los que nadie sospecha, algo que se corrobora cada vez que cumplen su función satisfactoriamente. Estudio en escarlata nos introduce de lleno en la escena de un crimen escabroso, donde el cadáver carece de heridas y el asesino ha escrito con sangre la palabra Rache. Averiguar cómo y quién lo ha perpetrado, será pan comido para nuestro detective.