jueves, 25 de diciembre de 2014

El laberinto en mis sueños


Durante parte de la semana anterior y los primeros días de ésta, he estado visitando lugares que tienen algo especial para mí. Fue inevitable recordar, mientras lo hice, aquel vídeo tan nostálgico de James Rolfe donde se reencuentra con el dragón de su infancia, uno viejo, descascarillado y a punto de jubilarse. Yo no tenía un dragón en mi memoria, sino un laberinto, y estaba convencido de que su estado también iba a ser decadente; incluso imaginaba a las escavadoras alrededor, preparando el terreno para deshacerse de ese sólido anacronismo. ¿Para qué corretear hoy, la época del entretenimiento digital, entre muros de hormigón? 

Percibí demasiados cambios cuando entré en el parque: era como estar en un lugar diferente, nada que ver con el sitio que visitaba de niño, acompañado de amigos o familiares; pero ahí estaba el laberinto, ahí estaba desafiando al tiempo. 


Si se mira con ojos de adulto, sólo son unas pocas paredes agujereadas; es necesario retrotraerse a la infancia y echarle imaginación: pronto se transformarán en un laberinto a la altura de Jareth, el rey de los goblins. Era divertidísimo ponerse en el papel del típico minotauro y perseguir a los héroes, que huían a toda prisa hasta que el monstruo los atrapaba. Aún recuerdo, y siento, el coscorrón que me di mientras cruzaba rápidamente uno de esos agujeros; sospecho que no fue una buena idea jugar de noche, cubiertos por la oscuridad. En aquella época no había varios focos de luz iluminando los extremos.

Un montón de recuerdos explotó en mi cabeza al tocar los muros, humedecidos por una llovizna. Me vi a mí mismo, una versión diminuta, corriendo a toda velocidad al tiempo que masticaba un chicle. En ese momento me asaltó una certeza desgarradora, la misma que aparece si se recorren las ruinas de una civilización olvidada: el escenario durará más que los actores. Infantes del futuro se pondrán en el papel del minotauro cuando nosotros hayamos desaparecido.

Comprendo a Wallace y su Broma infinita, su decisión de abandonar este espectáculo tedioso y repetitivo, su miedo a no escribir, su rechazo a ese vacío asfixiante que produce el sinsentido de la realidad. Los adultos pueden dejar atrás el disfraz de Asterión —si es que tuvieron la suerte de llevarlo alguna vez— y ponerse otro más honorable, el de caballero de la triste figura; pero eso sirve únicamente para ser golpeado por aspas invencibles. Esta civilización que se mueve tan despacio, ¿a dónde va? Yo creo que en los confines del cosmos hay un pulsador al lado de una nota: «Lo sentimos, no hay más. Como todo se acaba aquí, presione para reiniciar».

Oh, y felices fiestas. Una vez soñé, por estas fechas, que despertaba en los años noventa: Mega Drive bajo un pequeño televisor, colección de cartas Magic en el armario y Los fantasmas atacan al jefe emitiéndose. Me habría gustado quedarme. 

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