lunes, 17 de febrero de 2014

Tú paga, que yo te publico


Ya es muy conocida, a estas alturas, la práctica deshonesta que ciertas editoriales usan para engañar al escritor novel: hacerle creer que es el nuevo Umberto Eco mediante halagos y, cuando el ego del pececito está a punto, pedirle un enorme fajo de billetes si quiere ver publicada su obra. «¡Qué menos!, ¡es un coste bajo por publicar tu genialidad, chaval!». A mí, sin ir más lejos, me han comparado con Ende; mala elección, porque ése es, precisamente, uno de los autores que más admiro... y me veo a años luz de él. Eso sin tener en cuenta que yo, un tábano con ganas de fastidiar, y Ende, un buen tipo que quiso espabilarnos con alegorías certeras, no nos parecemos demasiado. Ende, nada menos; si me diesen a escoger entre publicar una novela o tener su firma auténtica en mi edición de Momo... gana la firma. Supongo que soy algo friki, lo cual me agrada. Lástima que ahora Ende no esté entre nosotros, aunque estoy convencido de que seguirá escribiendo en algún sitio; ése es capaz de todo, te lo aseguro.

Pero no vengo a hablarte del ínclito fraude editorial, sino de por qué éste se produce, la raíz. 

¿Reconoces al actor de la imagen? Es Jeremy Irons en una escena de El ladrón de palabras, película que muestra a un par de escritores desventurados. Él interpreta a uno de ellos, el que escribe —presta atención— una obra maestra en dos semanas. Puestos a romper moldes, podría haberlo hecho en dos días y así superar a Stevenson. La proeza de Irons no es imposible, por supuesto; pero tal arranque de inspiración se da en muy pocos casos. Además, la calidad no suele ir acompañada de la rapidez. Lo natural es dedicarle uno o dos años al mamotreto, porque después de teclear toca corregir; y eso, corregir, debería llevarte más tiempo que lo anterior. ¿A dónde quiero llegar?, a la imagen distorsionada que se vende de los autores: sujetos olímpicos que poseen un don divino, mirífico, un regalo que cayó de los cielos y les permite crear. Esa imagen está, desgraciadamente, propugnada por muchas editoriales y escritores; en consecuencia, es lo que muchos noveles perciben.

La realidad es diferente, ya que ni posees ese don, ni eres especial —los genios existen, claro, mas son un porcentaje minúsculo—. En cambio, lo que sí hay es trabajo del duro, del que hace sudar tinta. Esto queda demostrado con la plétora de nuevos autores que se rinden tras su primer «fracaso». Descubren que la literatura, al igual que otras artes, pide sacrificio, trabajo, a cambio de ser dominada. Rembrandt no empezó pintando La ronda de noche. Hendrix no nació con una guitarra bajo el brazo. Parece lógico, ¿no? Pues es común, en el ámbito editorial, mentir sobre primeras obras escritas —a saber cuántas han escrito antes—, porque interesa vender al nuevo Stephen King como un genio, que los genios venden un montón. Por cierto, ¿sabes toda la porquería que se tragó King antes de publicar? Afortunadamente, cada vez son más los autores publicados que explican el difícil camino recorrido. Sin olvidar que, aun siendo bueno tecleando, es posible no publicar nada: mala suerte, no conectaste con los lectores.

Rendirse tras el primer «fracaso» es malo; pero peor aún es permitir que unas sabandijas, las mismas que aparecen en todas las épocas, se alimenten de él, engorden a base de ilusiones perdidas. Una opción mejor es compartir tus obras gratis, o la autopublicación. Hoy, con internet, nunca ha sido más sencillo.

El problema no acaba aquí: falta la idea preconcebida de que un escritor es sólo alguien que publica y gana dinero con sus novelas. Pero eso ya es otra historia. La veremos en una entrada futura. 

6 comentarios:

  1. Respuestas
    1. ^_^

      Epa, Andrés. Veo que te gustan estos artículos. Pronto, cuando tenga tiempo para escribir aquí, vendrá otro más.

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  2. No puedo estar más de acuerdo con todo (aunque yo en lugar de la autopublicación recomendaría paciencia y trabajo duro).

    Me adelanto una pizca a la otra historia (genial xD). Lo de "¿qué implica ser escritor?" es peliagudo, porque a veces decimos escritor pero es un apócope de "escritor profesional", que es otra cosa más concreta, igual que cuando decimos género en vez de "género fantástico". El que escribe es escritor y punto. Luego hay connotaciones y tipos de escritor (el que escribe para sí mismo, el que planea publicar, el que sueña con convertirlo en profesión...).

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    1. A mí lo de autopublicar no me parece mal siempre y cuando se haga por uno mismo, o sea, sin chupópteros metiendo sus narices en medio. Lo que pasa es que puede hacerse mal: cobrar demasiado por algo que aún está verde, por ejemplo. Otro camino podría ser el botón de donar: que pague quien quiera, lo que quiera.

      No vas muy desencaminado con la otra historia, no. ;)

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  3. Ah, ¿cómo era ese tango, el de Cambalache? "El mundo es y será una porquería, ya lo sé, li-li, li-lo...". Conozco a alguno al que compraron con Tolkien y luego le sacaron los billetes. Nunca pagues por publicar, ¡nunca!
    En cuanto a tiempos, ¿no será parte del márketing?

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    1. Exacto, el dinero debe ir de la editorial al escritor; aunque sea poco. Lo contrario entra en el terreno de la picaresca.

      Lo de los tiempos puede ser, pero nada supera al aura de los autores malditos. «El último autor maldito». Eso sí que genera billetes.

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